Deberían probar. La prenda se introduce por la cabeza y se ajusta alrededor de la frente. La rejilla de tela se pega a los ojos y desdibuja la realidad. Lo que sucede fuera parece algo ajeno, un mundo inasequible en el que no tienes derecho a intervenir. Cada vez que respiras, el aliento recalienta la cara. Una sensación húmeda se pega a la boca. El resto de la tela se desliza sobre el cuerpo con suavidad pero su ligereza resulta inquietante. Los movimientos, los gestos que te dan carácter, esa cadencia en los pasos permanecen escondidos, ocultos por un vestido que es en realidad una mortaja. Los brazos desaparecen. El manto te convierte en un sujeto informe sin identidad igual a otros sujetos informes de identidades parecidas. La historia de la moda es también la historia de la libertad. Pero con esta prenda todas las conquistas recosidas en siglos se deshilachan. Todos deberían probarse un burka. Sentir la claustrofobia que puede producir un pedazo de tela. Intuir lo sofisticada y sutil que puede ser la dominación. No hay nada en el simbolismo de esta prenda que merezca la pena. No hay matices que impidan condenar lo que representa, qué tipo de sociedad se olfatea dentro de él, qué consideración le otorga a la mujer. Un burka destila violencia desde el silencio, pero la imagen de cuatro policías de uniforme que desnudan a una mujer en una playa de Niza representa una violencia de naturaleza parecida. Esa imagen de la muchacha con el gesto descompuesto mientras los cuatro agentes la desnudan por la fuerza es la peor forma de resolver el drama. De nuevo sobre el cuerpo de la mujer se libra una batalla. Esa Francia asustada por la amenaza terrorista pretendía demostrar que es más civilizada que aquellos que confinan a la señoras en un burka. Pero ha acabado haciendo lo mismo que ellos.