El PP, Ciudadanos, la montaña y el ratón

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

Lo que vamos sabiendo por la prensa de las negociaciones entre Ciudadanos y el PP no anima precisamente al optimismo. Y ello no tanto porque aquellas puedan acabar en la ruptura -algo que, desde luego, no cabe descartar-, sino porque su resultado final podría colocar al PP en la posición de un boxeador que queda noqueado tras recibir una paliza, lo que, claro está, le impediría gobernar.

El riesgo de ruptura es fácil de entender si se tiene en cuenta que Rivera entró a negociar a regañadientes, movido solo por el temor de que no hacerlo pudiera tener para su partido mayor coste que ayudar a abrir la puerta de la Moncloa al ganador de los comicios. Pero a Rivera, que contó siempre con que el PSOE acabaría por abstenerse en lugar de votar no, podría entrarle el miedo escénico al verse solo de la mano del PP, tesitura en la que jugará sin duda entre los dirigentes de Ciudadanos la tentación de levantarse de la mesa, no sin antes señalar, por supuesto, a sus interlocutores como los únicos culpables del naufragio de las negociaciones.

El que estas lleguen a buen puerto no depende solo, en todo caso, de que las dos partes que se sientan en la mesa acaben por firmar un acuerdo que facilite a Rajoy el voto favorable de los diputados de Rivera. Y no me estoy refiriendo ahora al hecho, que ya conoce todo el mundo, de que Rajoy jamás será presidente sin la abstención de todos o una parte de los diputados del PSOE. En realidad, aunque acabase más adelante por darse esa abstención, que a día de hoy parece completamente descartada, las posibilidades de Rajoy de gobernar dependerán también, aunque no solo, del tipo de pacto que ahora negocian C’s y el PP.

¿Por qué? Porque un pacto para la gobernabilidad es mucho más que aquel que se limite a permitir a Rajoy continuar en la Moncloa, pero manteniéndolo siempre renqueante y en precario y obligándolo permanentemente a una acción política dominada por la más descarada demagogia populista. Salvo para alargar su agonía unos cuantos meses más, de nada le serviría a Rajoy un acuerdo que se esfume el mismo día que se produzca la votación de investidura y que convierta al presidente salido de la misma en un muñeco de feria con el que jugar al pimpampum.

Las elecciones de junio dieron a Ciudadanos una situación privilegiada que le permite, obviamente, influir de un modo decisivo en el programa de un Ejecutivo que no podría constituirse sin sus votos a favor. Pero una cosa es influir en el Gobierno y otra muy distinta pretender gobernar por persona interpuesta y sin responsabilidad alguna, es decir, por el procedimiento de tratar de convertir a Rajoy en una marioneta movida por unos hilos que Rivera y los suyos manejarían a su antojo.

De ser ese el caso, y la actitud mantenida por C’s desde que comenzó a negociar con el PP da muchas pistas para llegar a esa desalentadora conclusión, la montaña de lo que se vendió como un gran pacto podría acabar por parir solo un ratón. Un ratón que estaría, además, sitiado por un montón de ratoneras.