Fue el gran pensador italiano Antonio Gramsci quien, a principios de la pasada centuria, definió a los partidos políticos como «intelectuales colectivos». La idea presente tras esa afirmación, referida a unas entidades que entonces comenzaban a asentarse como lo que iban a ser posteriormente, era que en el interior de los partidos se realizaba una síntesis entre los intereses internos y las formas de pensar en él presentes, mediante el debate en libertad de quienes los constituían.
Contemporáneo de Gramsci, el politólogo germano Robert Michels observó el funcionamiento real de los partidos de su tiempo y formuló una ley sociológica -la denominada ley de hierro de las oligarquías- por virtud de la cual la estructura de los partidos quedaba crecientemente subordinada a los intereses de sus líderes, de modo que el poder partidista se iba acumulando cada vez en menos manos, en un proceso de imparable oligarquización que destruía de hecho a los partidos como auténticos sujetos colectivos.
Aunque esas tendencias contradictorias han marcado la historia de los grandes partidos occidentales en los últimos cien años, no cabe duda de cuál de las dos es la que hoy predomina en el PSOE, que, en uno de los momentos más graves de su historia y de la de España después de 1977, se ha arrodillado sin rechistar ante un líder de ocasión que, tras llevarlo al resultado electoral más malo de su historia, fue capaz de superarse a sí mismo y obtener seis meses después uno aún peor.
Tanto es así que lo verdaderamente sorprendente no es el empecinamiento de la oligarquía que hoy dirige el PSOE en mantener una posición política que lleva al país a un auténtico desastre, pues las razones que permiten explicar esa locura (el ansia ilimitada de venganza y de poder de Pedro Sánchez) son de todos conocidas. No, lo que tiene a atónito al país entero es la cultura política que se ha instalado en una organización que ya solo sabe responder con el silencio a las decisiones de sus líderes, por más disparatadas que aquellas sean, salvo cuando, como ocurre ahora en Galicia, se trata de lo único ante lo que la estructura interna del PSOE es ya capaz de alzar la voz y protestar: el orden de colocación de los candidatos en las listas.
¿O no resulta escandaloso, hasta el extremo de haberse ya convertido en un auténtico esperpento, que en el mismo partido que deja a su dirección hacer sin rechistar lo que le peta, mientras ve como aquella conduce al PSOE y al país hacia el despeñadero a paso de gigante, haya cargos de mucha relevancia que se levantan en pie de guerra por el cambio del puesto de tres o cuatro personas en las listas? ¿Cómo entienden la política quienes reaccionan de forma tan distinta cuando está en juego el futuro del país y cuando lo están intereses particulares de sus amigos políticos internos? ¿Existe, en fin, el PSOE, como algo más que un instrumento al servicio de los intereses de sus miembros? Esa son las inquietantes preguntas que con toda legitimidad nos hacemos hoy en España muchos millones de personas.