Podemos, el partido del incesante bla, bla, bla

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

Los impulsores de Podemos, un grupo de amiguetes afincado en la Facultad de Políticas de la Complutense de Madrid, se echaron al ruedo de la política española con el discurso de que solo ellos podrían cambiarla de verdad. Y si algo no puede negárseles es que han alcanzado ese objetivo: la han cambiado hasta el punto de que un sistema de partidos que aseguró durante tres décadas y media estabilidad y gobernabilidad no es capaz hoy de garantizar hoy ni uno ni lo otro. Hemos tenido dos elecciones en seis meses y, si el PSOE no cambia de posición, vamos camino de las terceras en un año, pese al principio de acuerdo cerrado ayer entre Ciudadanos y el PP.

Es verdad que tras la alternancia en el poder del PSOE y el PP la calidad de nuestra democracia había sufrido un notable deterioro, pero tampoco ahí puede decirse que las cosas hayan mejorado con la irrupción del partido liderado por Iglesias: el sectarismo, la politización de las Administraciones locales o autonómicas y la manipulación de los medios públicos de comunicación campan a su anchas allí donde Podemos o sus llamadas confluencias gobiernan o cogobiernan con el Partido Socialista. Por el contrario, la eficacia en la gestión municipal o regional es ahora en general muy inferior a la que acreditaron durante años el PSOE o el PP.

Tampoco resulta en absoluto desdeñable el hecho de que los cuatro principales dirigentes de Podemos se hayan visto salpicados por asuntos turbios de dinero: Monedero tuvo problemas con Hacienda; Echenique, con la Seguridad Social; Errejón y Monedero, con las universidades donde prestaban sus servicios, que los suspendieron de empleo y sueldo por el incumplimiento de sus obligaciones; Iglesias, en fin, ha mantenido relaciones económicas muy sospechas con Venezuela y con Irán, siendo la colusión entre sus finanzas privadas y las de su partido motivo de críticas constantes. Es verdad que nada de eso es comparable a la corrupción del PSOE o del PP, pero lo es también que, siendo no menos incomparable el poder que han ejercido o ejercen aquellos y Podemos y el tiempo que unos y otro llevan en política, el tufo de lo que ya sabemos de Iglesias y sus círculo es altamente preocupante.

Pero donde el contraste entre lo que Podemos dice y hace (su interminable bla, bla, bla) resulta insufrible es en la esfera de su funcionamiento interno. Según ha podido comprobarse nuevamente estos días a cuenta de la inclusión de Podemos en la candidatura de En Marea, la fuerza que proclama ser las más democrática y participativa, la más descentralizada en la adopción de decisiones y la más unida en la pluralidad es en realidad un partido leninista donde todo lo cocina y lo decide el grupo dirigente de Madrid. Y es una jaula de grillos hasta extremos de comedia: hace unos días participaron en una asamblea gallega de Podemos, celebrada en campo abierto, cien personas, numerosísimo grupo que está divido ¡en tres facciones!: Contigo Podemos, En confluencia Podemos y Xuntos Podemos. Todos dicen poder, pero es dudoso que así puedan algo más que meter al país en un gran lío.