Es posible que Bildu, partido heredero de ETA-Batasuna que pretende presentar a Arnaldo Otegi como candidato a lendakari, esté encantado con la gran polvareda que ha levantado en toda España una propuesta escandalosa, que supone saltarse la ley a la torera. Es posible, sí, pero es igual, pues lo relevante no reside en si esa polémica beneficia o perjudica a Batasuna sino en algo de una importancia política y moral incomparable: si el Estado puede ceder ante el chantaje de los únicos españoles -los nacionalistas radicales- que creen tener un derecho del que carecemos todos los demás: el de pasarse la ley y las sentencias judiciales por el arco del triunfo.
Por eso resulta incomprensible, y de verdad siento decirlo, que el Partido Socialista de Euskadi se haya negado a impugnar una candidatura ilegal con el argumento de que así no le hace el juego a Bildu. Algo grave tiene que estar pasando hoy en el PSE y en el PSOE en general para que un partido que ha pagado un precio altísimo por defender en Euskadi la democracia y el Estado de derecho esté dispuesto a no alinearse en un asunto tan crucial con quienes exigen el cumplimiento de la ley.
Porque, deseo dejarlo claro desde ya, lo que impide que el ex dirigente de ETA-Batasuna concurra a las elecciones no es que su candidatura sea una burla para las víctimas de ETA -que, sin duda, lo sería-, ni que un canalla de su despreciable catadura pudiera acabar siendo el representante de una comunidad que ha sufrido a lo largo de más de medio siglo el azote de una banda terrorista cuyas acciones criminales Otegi defendió sin titubear durante años. No: la razón por la que Otegi no puede concurrir a las elecciones reside sencillamente en el hecho de que, por cometer un gravísimo delito, fue condenado por una sentencia de la Audiencia Nacional, luego ratificada por el Tribunal Supremo, a la pena accesoria de inhabilitación especial para el derecho de sufragio pasivo y para ocupar un cargo público hasta abril del año 2021.
El fiscal de la Audiencia Nacional Javier Zaragoza, que ha instado a ejecutar la sentencia e impedir, así, que Otegi sea candidato, ha explicado con suma claridad la diferencia sustancial que existe entre el caso de ex dirigente de ETA-Batasuna y el del terrorista Iker Casanova, con el que Otegi, en su propio beneficio, pretende compararse: Casanova pudo en su día concurrir a elecciones porque fue condenado a inhabilitación para ocupar cargos públicos (lo que generaba un vacío legal: el de qué cargos públicos quedaban afectados por la inhabilitación), pero Otegi lo fue además a la privación del derecho de sufragio pasivo, lo que no deja lugar a dudas sobre su imposibilidad de ser candidato hasta la extinción, por cumplimiento, de su pena.
El sujeto que no sintió jamás piedad alguna por los hombre, mujeres y niños que ETA asesinó durante años, sacó el otro día su alma (es un decir) de poeta para recitar unos versos de Neruda: «Podrán cortar todas las flores, pero nunca detendrán la primavera». No sé si de primavera, pero Otegi sin duda algo sabe de cortar: de cortar vidas.