La pregunta es: ¿Ha tendido Albert Rivera una trampa maquiavélica a Mariano Rajoy o es este quien se lo ha llevado al huerto? A favor de la primera tesis juega que el líder de Ciudadanos le ha obligado a fijar una fecha para la investidura, a lo que el popular se resiste si no cuenta con la abstención por adelantado del PSOE. También que las seis condiciones que le ha impuesto para negociar suponen una humillación en toda regla. Rivera lo ha explicitado: no se fía del jefe de un partido imputado por corrupción y por eso le hace pasar por las horcas caudinas de suscribir un documento que debe aceptar sin cambiar una sola coma. Lo toma o lo deja. Si lo firma, consiente, por ejemplo, que se le investigue por el caso Bárcenas. Pero, además, más allá de que algunas de esas exigencias se cumplan o no en el futuro, son un alegato contra la gestión de Rajoy, por haber, al menos, consentido la corrupción. Rivera lo ha dicho abiertamente: acepta negociar con el líder de un partido anegado por los escándalos y que, en sus propias palabras, no se merece gobernar, como «mal menor» y «por el bien de España y de los españoles». Porque no le queda otra. Es difícil hablar peor de alguien al que estás dispuesto a votar para que sea investido presidente. Perro viejo, Rajoy se ha tragado el sapo impasible, limitándose a valorar positivamente el paso dado por Rivera. Dicho esto, también podríamos estar ante la escenificación de una investidura en tres tiempos. Primero, viraje de Rivera del no al sí, pasando por la abstención técnica. Segundo, investidura fallida de Rajoy con 170 diputados. Tercero, abstención socialista, de una y otra manera, tras las elecciones vascas y gallegas. Resultado: el político gallego se queda en La Moncloa.