El interminable juego del escondite que domina la vida política española desde las elecciones de diciembre dio ayer, con la rueda de prensa de Rivera, un paso más hacia el dislate en el fondo y en las formas.
Las formas no hubieran podido ser peores si de lo que se trata es de negociar sobre los verdaderos problemas del país, cosa dudosa. Rivera, que lidera en el Congreso a 32 diputados, conmina a quien tiene detrás 137 a hacer de inmediato lo que él dice para «empezar a negociar» un eventual apoyo a la investidura de Rajoy. Y lo que dice Rivera es que se fije ya la fecha del pleno en que aquella ha de votarse y que el PP asuma, sin rechistar, las seis exigencias que, como entremés, le plantea Ciudadanos. En realidad el ruido de esa propuesta es mucho más fuerte que sustancioso el contenido de las nueces, lo que se comprueba fácilmente dando un vistazo al batiburrillo de unas condiciones que, tomadas en conjunto, solo se pueden calificar de pintorescas.
La mecánica expulsión de los cargos públicos imputados por corrupción convertiría la imputación en sentencia condenatoria y pondría, por tanto, en manos de los jueces un poder total para condicionar la vida democrática; la supresión de los aforamientos va por el mismo camino, pero eliminando las garantías que se derivan de la colegialidad en la adopción de las decisiones judiciales; impulsar una reforma de la ley electoral sería, más allá de su sentido, una locura sin contar antes con un amplio consenso en el Congreso; poner fin a los indultos por corrupción y limitar los mandatos presidenciales son iniciativas que podrían favorecer la calidad de nuestra democracia, pero ambas exigen la reforma de la Constitución, imposible solo con el apoyo del PP y de Ciudadanos, que hace pues un brindis al sol con ambas condiciones; la constitución de una comisión de investigación sobre el escándalo del tesorero del PP supondría, en fin, una sana medida profiláctica, pero su propia formulación, que limita al PP una corrupción política que afecta a la inmensa mayoría de los partidos españoles, indica, bien a las claras, los auténticos objetivos de Rivera, quien cree que poniendo cara de bueniño y echando pecho de patriota responsable puede esconder sus aviesas intenciones.
Porque lo cierto es que el PP puede decir que sí a lo planteado por Rivera, trasladar ese acuerdo a las Cortes y luego Dios dirá. Dejémonos de historias, por lo tanto. Rivera salió ayer a torear «a las cinco en punto de la tarde» para hacer una propuesta cuya triple finalidad es transparente: humillar a Rajoy y a su partido, eludir cualquier responsabilidad en el bloqueo de la gobernabilidad que vive España y dejar con el culo al aire al Partido Socialista, señalándolo como único culpable del vodevil que el propio Rivera y Sánchez interpretan al alimón desde hace medio año.
De la cintura que ahora demuestre el PP para jugar esta partida de mus interminable dependerá que haya Gobierno. Pero -me temo- con los jugadores que se sientan hoy en el Congreso, quienes al final saldrán perdiendo serán España y los españoles.