Ganan campeonatos, se cuelgan medallas. Son lo mejor de lo mejor. La élite. Han viajado a Río de Janeiro para disputar unos Juegos Olímpicos. Para estar en lo más alto. Para rozar el cielo con las yemas de los dedos. Pero lo único que importa es que son buenorras.
Tienen las mejores fuentes, no se les escapa una exclusiva, siempre a pie de campo. Tienen ganas y talento. Le han echado horas para llegar a lo más alto. Para rozar el cielo con las yemas de los dedos. Son periodistas deportivas. Pero no les dejan más que ser un accesorio. Y lo único que trasciende es que son buenorras.
Tienen una carrera de éxito. Son la élite de la música y venden millones de discos. Se han convertido en la musa de los mayores diseñadores del mundo. O son ellas las que firman colecciones de moda. Han rozado el cielo con las yemas de los dedos. Son la élite en lo suyo. Pero lo que trasciende es solo que son las parejas de los futbolistas. Y claro, que son buenorras.
Centrocampista del Olimpique Lyon, en su haber tiene ligas francesas, ha ganado ligas de campeones. El suyo puede ser el mejor gol de Europa de este año. Pero entre Messi e Higuaín, Camille Abily no merece un hombre. No es más que una mujer. Y ni siquiera está buenorra. Es apenas un cero a la izquierda. Como la mayoría de las mujeres en el deporte. Buenorras y no buenorras.