La gran ciudad francesa de Marsella quedó inmortalizada tras dar su nombre (La Marseillaise) al himno de la Revolución que abrió la modernidad en nuestro continente. Por eso Marsella está ligada, como muy pocas ciudades europeas (quizá solo París), a tres de los valores fundadores del mundo en que hoy vivimos: los de la liberté, égalité y fraternité
No pude dejar de recordarlo cuando leí en La Voz de Galicia antes de ayer la noticia sobre ese «día del burkini», que una asociación de mujeres musulmanas pretende organizar en un acuario (el Speed Water Park) situado en la pequeña localidad de Les Pennes Mirabeau, muy cercana a la ciudad donde nació La Marsellesa.
La idea de la asociación que promueve el «día del burkini» es que las mujeres musulmanas puedan acudir al parque acuático un día en que se garantizará la ausencia de varones, salvo niños de hasta 10 años de edad. Ahora bien, como entre el personal del parque también hay hombres, las organizadoras el evento (¡ahora todo son eventos!) recomiendan que las mujeres que quieran remojarse acudan con la ropa de baño adecuada: una prenda que les tapa desde el cuello hasta los pies, prenda que por ser una supuesta mezcla entre ¡el burka y el bikini! recibe el pintoresco nombre de burkini.
Como era de esperar, la polémica sobre tan extravagante convocatoria ha provocado en Francia un debate muy profundo. Por un lado, sobre su legalidad, cuestión que aquí no me interesa, pues aunque el «día del burkini» sea legal, cosa muy probable, no dejaría de resultar a mi juicio un acto reaccionario y ofensivo para la dignidad de las mujeres, condenadas, como con razón ha señalado el alcalde de izquierdas de Les Pennes, a practicar el «comunitarismo puro y duro». Este es el aspecto social de la polémica que considero decisivo. Y ello porque el acto programado parte de una forma disparatada de entender la convivencia entre culturas diferentes, que contribuye a mantener a las mujeres musulmanas bajo un yugo medieval.
Hablemos claro: más allá de su utilización publicitaria, que en no pocas ocasiones convierte a las mujeres en meros objetos de deseo, el bikini es una prenda que expresa su autonomía para disponer del propio cuerpo, vistiéndolo con una libertad que parte de que ese cuerpo no es algo obsceno que deba ser tapado y escondido. El llamado burkini, cuyo nombre es mucho más que una broma de mal gusto, significa todo lo contrario: que el cuerpo de la mujer, y la mujer misma, son elementos pecaminosos, que no deben siquiera entrar en contacto con la vista de los hombres.
¿De qué se trata, por tanto, al fin y el cabo? Es obvio: de otra batalla cultural que, como las planteadas en torno al uso del burka o el niqab, enfrentan modernidad y medioevo y colocan en el medio de esa lucha a unas mujeres que, en sociedades herederas de los valores de libertad e igualdad nacidos con la Revolución francesa, viven sometidas a exigencias comunitarias puramente medievales, que arrasan la dignidad que a las mujeres, mucho más que a los varones, les ha llevado dos centurias conquistar.