¿Qué nos falta para ser una sociedad civilizada?

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

Llegué antes de ayer de un viaje de trabajo, relámpago, como casi todos en mi caso, a última hora de la tarde: tras tomar un AVE Cuenca-Madrid y un vuelo en la T4 aterricé en Lavacolla cerca de las nueve con la urgencia de llamar a mi querido Luis Pousa, jefe de Opinión de este periódico, para corregir un par de cosas de un artículo que aparecerá en sus páginas mañana. Al salir del avión me senté para ello en un banco del aeropuerto y casi sin darme cuenta posé sobre él unas gafas de sol Ray Ban, regaló de cumpleaños de mi hija Clara. Con cierto apuro, pues mi mujer me esperaba para bajar del aeropuerto, hice la gestión, recogí mi ordenador a toda prisa y cuando acababa de traspasar las puertas de no retorno de salida me di cuenta de que las gafas se me habían quedado en el banco donde las había colocado. Aunque entre el momento de salir y el de volver a entrar en la terminal acompañado de un guardia de seguridad no pasaron más de tres minutos, cuando llegué de nuevo al banco, las gafas que debían estar donde yo acaba de dejarlas, habían volado porque un vivales les había echado el guante. ¡Gran tesoro! ¡Que le aprovechen al aprovechado sinvergüenza! La conclusión de la historia es que en este país siguen pasando cosas que ya no suceden en otros donde el civismo nos lleva muchos años de ventaja.

En Estados Unidos, Francia, Bélgica, Alemania y otro montón de naciones de nuestro continente, quien ve un objeto abandonado en el banco de un aeropuerto (¡no en el de un barrio marginal!) lo entrega de inmediato a cualquier persona responsable del servicio para que lo deposite en las oficinas de objetos perdidos que existen con tal finalidad. Aquí no: aquí la reacción instintiva es esperar a que el dueño desaparezca de la vista y, ¡hala! si te he visto no me acuerdo. Tal reacción embrutecida es de hecho la misma, o muy parecida en todo caso, que la que explica que España sea un país donde la falta de respeto a los animales es solo comparable al general desprecio del paisaje o a la falta de conciencia sobre la necesidad de hacer individualmente todo lo necesario para conservar el medio ambiente. Pegar a un perro sin piedad, quedarse con lo ajeno si ello no comporta riesgo alguno y poner uralita a discreción responde, en el fondo, a la misma barbarie cultural. En pleno tardo franquismo uno de los humoristas de la época (quizás Andrés Pajares) hacía en TVE un número cómico que consistía en parodiar la reacción de un francés, un inglés y un español que se encontraban un billete de mil pesetas en el suelo. Frente a la civilizada respuesta de nuestros vecinos, la del español era brutal: pegar un zapatazo para tapar el billete hasta poder metérselo directamente en el bolsillo. Desde entonces han transcurrido muchos años, pero seguimos en las mismas.

¡Una peniña!