Con limitaciones, problemas y muchas cosas que, claro está, pueden y deben mejorarse, la España de hoy -la que trabaja y la que estudia y la que cuida a los que aún no pueden estudiar y ya no pueden trabajar- funciona razonablemente bien.
Funciona la España solidaria, pese a un fraude fiscal descomunal y escandaloso: la que paga con sus impuestos las prestaciones de los que siguen sin encontrar un puesto de trabajo, abona las pensiones y las rentas de integración social y sostiene nuestros potentes sistemas educativo y sanitario, sistemas de los que todos disfrutamos, también quienes con su salario no podrían hacer frente al coste de los servicios que reciben. Y de todo eso debemos sentirnos orgullosos.
Funcionan los ambulatorios y hospitales; las Administraciones públicas; las universidades y la enseñanza primaria, secundaria e infantil; los sistemas de transporte; las Fuerzas Armadas y los cuerpos de seguridad; los medios de comunicación, públicos y privados; las empresas grandes, medianas y pequeñas, que dan trabajo a millones de personas. Y funcionan todos esos servicios que distinguen a las sociedades modernas de las que no lo son: desde la recogida y el reciclaje de basuras al suministro de aguas, desde los cuerpos de bomberos a los servicios de emergencia. Y de todo eso debemos sentirnos orgullosos.
Claro está que para que todo este complicado engranaje, del que depende nuestra libertad, seguridad y bienestar, se ponga en marcha 24 horas cada día 365 días cada año es necesario que muchos millones de personas hagan su trabajo, la inmensa mayoría con ese cuidado y pulcritud que nace de la clara conciencia de que del cumplimiento cabal de su deber dependen la calidad de vida y tranquilidad de un país entero.
Es en este contexto en el que resulta incomprensible -más aun, impresentable e insufrible- que, frente a tantos millones de españoles de nacimiento o adopción que hacen bien el trabajo por el que se les paga, haya un pequeño grupo de dirigentes de partido que, sin ganarse sus salarios excelentes, han convertido la política nacional desde hace más de medio año en una auténtica vergüenza. Obsesionados solo con sus propios intereses personales o partidistas, que intentan disimular para no aparecer como lo que verdaderamente son -unos irresponsables a los que les importa un pito el futuro del país-, llevan meses pisoteando literalmente los intereses generales, mientras se esconden detrás de grandes principios para bloquear toda posibilidad de que España tenga el Gobierno capaz de tomar las decisiones que urgentemente necesita.
Las elecciones de diciembre indicaron dos posibles mayorías, pero Sánchez y Rivera impidieron que una u otra salieran adelante. Las de junio han convertido aquellas dos posibilidades en una sola, pero quienes bloquearon toda salida hace unos meses parecen estar dispuestos a repetir el mismo juego sin ofrecer, como entonces, nada a cambio a un país atónito, cansado y crecientemente irritado que contempla cómo quienes deberían sacarnos de este laberinto son quienes nos han metido en él.