Turquía, que ya estaba afectada por el nebuloso islamismo de Erdogan, por la desconfianza entre el poder militar y el civil, por el nacionalismo de los kurdos y por la proximidad de los conflictos de Oriente Medio, padece un agravamiento de sus fracturas a causa del fallido golpe de Estado del pasado viernes, que, preñado de oportunidades para la fragmentación del sistema y para su desestabilización, convierte a Turquía en un aliado más peligroso que útil para la contención de los conflictos difusos en los que estamos inmersos.
La factura del golpe tienen que pagarla los militares y los civiles que lo intentaron, porque la defensa de la legalidad democrática no admite matices ni concesiones al tacticismo. Pero la preocupación que teníamos por los coqueteos de Erdogan con el autoritarismo y el fundamentalismo se agravan de forma exponencial al comprobar que el golpe va a ser aprovechado para realizar purgas contra los enemigos del régimen y contra los militares y jueces laicistas, y para afrontar reformas legales y constitucionales -que pueden reinstaurar la pena de muerte- que van a situar a Turquía más cerca de la autocracias de Egipto y Arabia Saudí que de las democracias europeas.
El problema no proviene únicamente de que Turquía acabe siendo un socio fallido para tantas políticas periféricas que la UE le había delegado, sino de que su condición de miembro de la OTAN acabe alterando la fisonomía militar de este importante organismo defensivo. El atlantismo, que es un intento de ligar la defensa militar de Occidente a los controles democráticos, ya fue forzado a hacer grandes concesiones en el terreno de las libertades y los derechos humanos a causa de las calculadas ambigüedades de Turquía y del papel esencial que se le asigna en los equilibrios militares de Oriente Medio y la antigua URSS. Y por eso debemos temer, en aras del realismo, que tanto las tensiones internas de Turquía como las que provengan de su compleja geopolítica se transmitan a la OTAN en términos imposibles de gestionar.
Pero lo más lamentable de este episodio es comprobar una vez más, por diversas formas y medios, que las vértebras de la política europea, especialmente las fronteras del este y del sur, se están reblandeciendo; que toda esta tensión se transmite por ondas gravitacionales hacia nuestras estructuras; y que las nuevas políticas, lejos de fomentar la cohesión y la tolerancia, vienen precedidas por movimientos centrífugos y derechas eurófobas que quieren aprovechar todas las oportunidades para regresar a la tensión y coquetear con la barbarie. Es como si el fin de los ciclos de bienestar y libertad fuese inexorable. O como si la regeneración del mundo, en vez de hacerse por la inteligencia y la solidaridad, dependiese otra vez de la violencia y la destrucción tantas veces desatada.