El terrorismo formará parte de nuestro día a día durante mucho tiempo. Esta declaración tan lúcida como devastadora del primer ministro francés, Manuel Valls, ilustra perfectamente la situación. Tras el atentado de Niza el escenario es aún más horrible. Un tunecino de 31 años instalado en el país vecino, sin antecedentes yihadistas, casado, con tres hijos, en proceso de divorcio con su mujer, a la que maltrataba, violento, bebedor, que nunca visitaba la mezquita ni rezaba ni ayunaba en el ramadán decide un infausto día matar con su camión a quien tenga la mala suerte de encontrarse al paso de su mastodóntica máquina de la muerte en el paseo de los Ingleses, el día de la Fiesta Nacional francesa. Como si se tratara de un videojuego siniestro, pero terriblemente real, se lleva por delante vidas humanas, que suben al marcador de la ignominia. El Gobierno francés traslada, de momento sin pruebas, que el individuo pudo experimentar una radicalización yihadista exprés, probablemente a través de Internet, y el Estado Islámico se atribuye el atentado de forma tardía, 36 horas después de producirse. La conclusión es terrible: si alguien como Mohamed Lahouaiej Bouhlel, sin ningún indicio previo de relación con el terrorismo, es capaz de perpetrar una salvajada de este calibre, ¿qué podemos esperar en el futuro? Ese angustioso ¿por qué? que nos preguntamos cada vez que golpea el terror se hace aún más acuciante y pavoroso después de la masacre en la ciudad emblemática de la Costa Azul. Contra un individuo dispuesto a matar a cuantas más personas mejor, poco o nada se puede hacer. Esa es la terrible realidad. El horror en estado puro, imprevisible, inexplicable e injustificable, se ha instalado entre nosotros. Y va a durar.