Y tras las flores, los peluches y las velas ¿qué?

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

17 jul 2016 . Actualizado a las 12:20 h.

Seamos honestos: al igual que acabó sucediendo con el tiempo después de cada salvajada de ETA, los terribles atentados yihadistas en Occidente (en Niza, Madrid, Bruselas o París) vienen seguidos de un ceremonial que comienza a vaciarse de sentido a base de repetir mecánicamente una respuesta ya estereotipada: las autoridades prometen firmeza en el combate antiterrorista; los vecinos colocan flores, peluches y mensajes llenos de sincero dolor en el lugar del atentado; todo el mundo afirma que «los criminales no nos pararán»; y la Red se inunda de mensajes de un sentimentalismo previsible: «Je suis Charlie», «Pray for Nice», «Act for peace». Y ya está: a cruzar los dedos esperando que no llegue, o tarde en producirse, la próxima masacre.

Claro que podría ser peor. Si los atentados golpean a otras partes del planeta (Beirut, Bombay, Nairobi, Estambul, Bagdad o Ankara), donde, para vergüenza de la comunidad internacional, la repercusión mediática es incomparable, aunque sea idéntico el horror, todo se reduce a algo menos heroico y más pedestre: limpiar la zona de la matanza, bien enterrar a los muertos y mal atender a los heridos.

Pero tenga lugar el atentado en Occidente o en Oriente, la pura verdad es que nadie -Gobiernos, analistas, servicios de inteligencia u organizaciones internacionales- sabe de verdad cuál debe ser la respuesta para acabar con un fenómeno que ha puesto el mundo del revés: la expansión del islamismo radical, convertido ya sin duda en el principal enemigo de la seguridad y la libertad de los muchos países del planeta a los que un nuevo tipo de terrorismo es capaz de llegar con una eficacia espeluznante.

Que menos de 24 horas después del atentado en Niza sectores del Ejército turco, finalmente derrotados, pretendieran poner coto por medio de un golpe de Estado al poder creciente de Erdogan, que dirige uno de los pocos Gobiernos islamistas que quedan en la zona, pone de relieve la inmensa confusión en la que estamos. La intentona parece recordar al putsch contra los Hermanos Musulmanes en Egipto hace tres años y, de haber triunfado, no hay motivos para pensar que sus resultados finales hubieran sido mucho mejores que los que se produjeron en el país de las pirámides.

En suma, en eso estamos: respondiendo con un despiste sideral a la parece que imparable ola de atentados yihadistas y con golpes de Estado a los islamistas que llegan al poder por medio de las urnas. Y así, claro, perderemos esta guerra no declarada de la barbarie contra la civilización. Es hora de que la comunidad internacional supere sus diferencias para dar una respuesta unitaria frente al islamismo radical, allí donde gobierna y allí donde lo intenta. Es hora de pasar de las palabras a los hechos, de la desunión a la cooperación y del diletantismo político y militar que no hace otra cosa que dar palos de ciego a un análisis profundo de la naturaleza de la guerra que libramos para que más pronto que tarde podamos derrotar de una vez por todas a los peores enemigos a los que hoy se enfrentan las sociedades abiertas y las que luchan por llegar a serlo un día.