De toros y hombres

OPINIÓN

17 jul 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

De entre todos los animales, Dios creó uno mirándose en un espejo para que reinara en la Tierra como Él lo hace en el Cielo. Y como todo rey, para serlo, ha de tener súbditos, el hombre hizo súbditos al resto de los animales y a todo bicho viviente, y tuvo la bendición de Dios.

La muerte del último matador por quien iba a ser asesinado a sangre fría, y caliente, bajo el esclarecedor sintagma «Fiesta Nacional», que tanto y tan acertadamente horroriza a mi muy querida E, hará buena la oración que dice: «Habrá un antes y un después de este hecho». Porque se está «tomando conciencia». Tomar conciencia es la toma, la única toma, que diferencia al hombre del resto de materia animada, pero una diferenciación que no le sitúa por encima de ella, como asegura altanero. Cada ser posee un rasgo distintivo, ni mejor ni peor que el de los otros. Tomar conciencia es obligar al pensamiento a trabajar para que, justamente, el animal humano sea un hombre.

Pero, ¿qué es un hombre? En la respuesta que se dé a este interrogante está, bien la cuña central que distribuye el peso que soporta un arco, bien su ausencia y, subsiguientemente, la caída del arco, o de la bóveda. Si no hay propósito de toma de conciencia, el hombre no soportará el peso de su inmenso y exagerado cerebro y procederá como el mayor de los males evolutivos, y propenderá a dejar las riendas de sus potentísimas facultades en manos de los sentimientos. Un hombre poseído por el sentimiento de grandeza, por el de odio, por el de envidia, por el de codicia, o sometido por un trauma o una creencia de etiología religiosa o étnica, es un hombre capacitado para ser un perfecto matador. Matador de toros.

¿Por qué el toro? Más que sabido es que el toro fue un animal totémico en el Mediterráneo, desde su extremo oriental hasta el occidental. Lo encontramos en el Egipto de los faraones bajo el nombre de Apis; pero antes nos han llegado sus ecos prehistóricos: representaba la virilidad, la fertilidad, y el toro se divinizó o fue el animal más preciado para honrar a los dioses con su sacrificio. El sacrificio de Cristo y la ingesta en la comunión de su cuerpo y sangre iría en esta dirección. Encontramos a este toro sagrado en Mesopotamia, en el reino hitita de Asia Menor, en los griegos y en los romanos. Fue Zeus quien, adoptando la forma de un toro, raptó a la fenicia Europa («la de los ojos grandes») y la llevó a Europa, dándole su nombre. Fue Pasifae, la esposa del legendario rey Minos, quien, tras copular con un gran toro blanco, parió al Minotauro y lo encerró en el laberíntico palacio de Cnosos. De estas y otras tradiciones surgieron muchas otras, y de estas, muchísimas más, y este país ibérico fue identificado con una piel de toro. O sea, que la fantástica reverencia al toro y su muerte sacrificial perdura, entronca con el remoto pasado.

¿Qué conlleva la piel de toro? Cientos de corridas y encierros anuales sobre ella: toros de fuego, toros arrojados al agua, toros golpeados de mil maneras, toros lanceados, toros atravesados por espadas en los ruedos, dos mil y pico años después de que la misma suerte corriesen las fieras de selvas y sabanas en los anfiteatros romanos. Por eso, los hombres que acuden  para saborear estos espectáculos, los hombres que organizan y protagonizan estas orgías de sangre y sexo (la libido no se abstiene en estos entretenimientos, está detrás de ellos, los espolea y es espoleada es este bucle de terror goticista), son hombres que responden a la segunda categoría antes enumerada, la que carece de la cuña clave, porque, y esto es lo radicalmente substancial, donde hallamos el tuétano de la sórdida naturaliza humana, cuando ponemos el raciocinio detrás de los sentimientos, aquel revierte en la antítesis de su función, y empuja a estos, a los sentimientos, a actuar, pero no consistiendo su libre albedrío; muy al contrario, los doma y les prepara la estrategia para que sean más contundentes en los planes fijados. Es lo que podríamos llamar los «impulsos calculados». Los impulsos calculados nos constituyen, narran nuestra historia desde, al menos, dos millones de años atrás, y la seguirán narrando. Tomar conciencia, ser arco, o bóveda, que no se viene abajo, representa un esfuerzo prometeico. Lo natural es lo sencillo.

El toro carece de la capacidad del impulso calculado. Sus defensas, sin duda formidables para repeler el ataque de un felino, no bastan para contrarrestar la más destructiva de las armas: la coalición del pensamiento complejo y los sentimientos instintivos. El hombre, entonces, mata a un contrincante que ni quiere ni puede batirse en la arena en igualdad de condiciones. Entonces, el hombre se convierte en un matador. ¿Por qué no llamar a esto asesinato? ¿Quién se arroga el derecho de atribuir a este significante -asesinato- un único significado -hombre que mata a otro hombre-? La toma de conciencia es ampliar el significado de asesinar, en principio, a los animales. Tomar conciencia es poner en tela de juicio lo dado sin más, es re-pensar, soportar la carga que soporta incólume un arco, o una bóveda, la carga de prácticas milenarias enajenadas. Tomar conciencia es, finalmente, poner coto a los impulsos calculados.