Pero ¿es que ya no hay nadie sensato en el PSOE?

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

Dominada por el bajo instinto de venganza de Pedro Sánchez, que quiere desquitarse en la persona de Rajoy de la humillación sufrida cuando, por su mala cabeza y su ambición descontrolada, acudió a un debate de investidura para hacer en él un ridículo espantoso, la política española se ha convertido en el reino del dislate, donde mentiras siderales tapan incontestables evidencias y egoísmos personales se sobreponen sin la más mínima vergüenza a los intereses generales.

Parece increíble que el ansia de poder de un solo hombre pueda poner patas arriba a un país entero, pero esta es, por desgracia, la situación en la que hoy nos encontramos. El PSOE, donde ya solo parecen conservar alguna sensatez quienes están fuera de su estructura dirigente, se ha echado, atado de pies y manos, en brazos de un político sin principios, sin capacidad y sin más objetivo que sobrevivir a toda costa pese a haber llevado a su partido y a su país a un verdadero viacrucis.

Pedro Sánchez obtuvo para los socialistas el peor resultado de su historia y en lugar de dimitir pretendió convertirse con 90 diputados en presidente del Gobierno. Maniobró con la inapreciable ayuda de Rivera y fue al Congreso con el objetivo demencial de que el ganador de los comicios le ayudase a entrar en la Moncloa. Cuando comprobó que no iba a lograrlo, forzó unas nuevas elecciones, en las que empeoró sus resultados en votos y en escaños, batiendo para el PSOE un nuevo récord en su carrera hacia el abismo. Pero tampoco entonces dimitió ni nadie lo forzó a dejar un cargo desde el que no ha hecho más que daño. Muy lejos de ello, Sánchez se propone ahora repetir, tras la constitución de las Cortes Generales, el juego enloquecido con el que hizo perder a España medio año. Y, por lo que parece, nadie en su partido va a impedírselo.

Constatado tal desastre, es hora de preguntarse si cuarenta y seis millones de españoles debemos aguantar que la patológica obcecación de un político tan ambicioso como absolutamente mediocre pueda llevarnos al desastre de que vuelva a ser imposible elegir presidente del Gobierno. Porque lo que España se está jugando es sencillamente incomparable a los intereses personales de un político.

Que Sánchez sea incapaz de ver más allá de su obsesión es algo que la psiquiatría ha explicado con todo lujo de detalles. Pero que su partido no le pare ya los pies a quien conduce al país entero hacia el desastre resulta completamente incomprensible. Por eso, si el PSOE no obliga a Sánchez a cambiar de posición no solo se habrá hecho cómplice de unas inevitables terceras elecciones, sino que habrá firmado, más que probablemente, su sentencia de muerte.

Escuchar antes de ayer a Sánchez tras su entrevista con Rajoy es mucho más de lo que una persona inteligente debería tener que soportar: sus silencios, sofismas y delirios muestran a las claras a una persona que ya no es capaz de distinguir la realidad de las alucinaciones. El PSOE tiene la palabra. Pero tiene poco tiempo y es increíble que lo desperdicie apoyando a un hombre así.