Obama: oro, incienso y mirra

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

12 jul 2016 . Actualizado a las 08:52 h.

La demostración física del poder y la explosión de su boato se hace en dos países hermanos: el Reino Unido y Estados Unidos. El primero es una monarquía y el cumpleaños de la reina Isabel ha servido para demostrar que la Corona británica carece de complejos para hacer una exhibición de atributos, pompas ancestrales y oropeles que parecen no tener fin.

El segundo es una república, y el viaje de Barack Obama a España ha demostrado el poderío con que ejerce su presidencia. Su enorme avión y el coche blindado de siete toneladas sugieren los viajes de los césares. El furgón que detecta armas químicas sería el probador de alimentos que evita que el emperador sea envenenado... Y los Gobiernos bendecidos por su boca son Gobiernos de renovada autoridad. Rajoy pagaría una base militar por escuchar lo que le dijo de su política económica. Los tres restantes aspirantes a La Moncloa acudieron a rendirle pleitesía en un aeropuerto militar a sabiendas de que solo podrían disfrutar tres minutos de su mirada. Hasta el momento de escribir esta crónica no hay fotos del magno y breve acontecimiento. Pero estuvieron con él. Alguno seguro que escribe Él, con mayúscula.

De esta forma, el señor Obama dejó satisfechos a todos. Como compensación se llevó tres regalos que serían el oro, el incienso y la mirra. El oro, una edición en inglés del Quijote, que asombraría a Cervantes de saber cómo está sirviendo para atenciones de Estado. El incienso, un jamón de Rajoy, que sigue los pasos de Felipe González, que sedujo al canciller alemán Kohl con tan preciada parte del cerdo. Y la mirra, el libro de la Brigada Lincoln que le dio un Pablo Iglesias asombrado de que Obama conociese la existencia de esa brigada.

De todo esto, me quedo con la dicha de Sánchez, Iglesias y Rivera. Como los Magos de Oriente, guiados por una estrella acudieron al portal de Torrejón de Ardoz. Se obró tal prodigio que a unos hombres acostumbrados a utilizar tres horas para decir tres lugares comunes les bastaron tres minutos para examinar el estado del mundo, el brexit, las relaciones bilaterales, las tensiones bélicas, la Unión Europea, la política española, el deporte del baloncesto y la Brigada Lincoln. Y ni una queja por esta visita de médico, ni una mala cara, ni un testimonio de decepción. Eran como mendigos de una sonrisa y en ellos se obró el milagro del poder: ¡lo habían tocado! ¡Les había dado tres minutos! Como el torero que sedujo a Ava Gardner, ya podían salir a contarlo.

¿Y Obama? Bien. Dijo lo que sus interlocutores querían escuchar, especialmente Rajoy. Y cumplió su misión, que no era hablar con Sánchez, Iglesias, ni Rivera. Era estar con las tropas que Estados Unidos tiene en Rota y en Morón.