¿Se han preguntado ustedes en alguna ocasión qué tienen en común, más allá de sus diferencias ideológicas, los principales dirigentes del PSOE, Ciudadanos y Podemos? A poco que se piense, la respuesta aparece en su evidencia: casi todos son muy jóvenes, carecen de la más mínima experiencia de gestión y han vivido, de la noche a la mañana, tras su fulgurante entrada en la política nacional, un impresionante ascenso económico y social, pues de la irrelevancia en su respectiva profesión -quien previamente la tenía- se han convertido en una camarilla de poder, de la que hoy depende, nada más y nada menos, que la gobernación de España.
Esa combinación de factores claramente explosiva (¡el salto de desconocido profesor a candidato a la presidencia del Gobierno es mucho salto!) explica, en gran medida, cómo concibe la política esa minoría formada a la postre por dos o tres docenas de personas: como una emocionante diversión en la que no hay más límites que la propia voluntad. Si, además, uno ve incrementado su salario (en caso de que previamente lo tuviera) y se dedica a impartir doctrina de sarao en sarao ante los medios o un público entregado con similar expectación que si estuviera ante Churchill, Roosevelt, Kennedy o Allende, pues la posibilidad de no entender nada sobre las obligaciones que se derivan de esos privilegios aumenta de modo exponencial.
Basta ver la irresponsabilidad con que Sánchez, Iglesias y Rivera se enfrentan hoy al gravísimo desafío de la formación del Gobierno para constatar que los tres, y sus respectivos equipos de fieles, están dominados por la frivolidad más absoluta. Las constantes gracietas de Iglesias o Errejón, convencidos uno y otro de que la política es un juego donde lo más importante es epatar, se unen así a la superficialidad pueril de Sánchez (desaparecido desde hace más de una semana) y de Rivera, que no se sienten en absoluto concernidos por el gran poder que les han entregado el 26 de junio sus millones de votantes.
Poder que lleva asociada, como es obvio, una inmensa responsabilidad, de la que ni Sánchez, ni Iglesias, ni Rivera -que como si tal cosa se lanzan unos a otros la pelota- quieren saber nada, pese a que la cosa es tan sencilla que puede resolverse en media hora: si el PSOE no se abstiene, habrá terceras elecciones; si Ciudadanos pasa a la oposición, la gobernabilidad será poco menos que imposible; y si Podemos forma con el PSOE y los independentistas una mayoría de bloqueo, la legislatura se habrá terminado antes de empezar.
El PSOE tiene, por supuesto, derecho a no abstenerse, como Ciudadanos a pasar a la oposición y Podemos a asentar una mayoría de bloqueo. Pero el derecho de esos partidos debe ser compatible con el que tenemos los españoles, que pagamos esta fiesta, a saber ya qué será del futuro del Gobierno de España, lo que no depende, como se repite falsamente una y otra vez, de lo que haga el PP, sino de las decisiones que adopten sus adversarios, quienes siguen con sus juegos florales, mientras el país asiste atónito al bochornoso espectáculo que están dando desde hace más de medio año.