Tras una reflexión que pretenden científica y sesuda, los politólogos que mandan en Podemos han parido un ratón para explicar por qué hace una semana dos y dos sumaron tres. «El miedo», ha sentenciado Iglesias con ese aire de telepredicador que se le ha puesto: «Ha sido el miedo». ¡Acabáramos! La explicación, claro, les parecerá a muchos acertada, pues tanto el «partido sexi» (Errejón díxit) como el PSOE construyeron gran parte de su campaña electoral sobre el supuesto de que el PP estaba agitando el voto del miedo, sin que nadie se molestase, por cierto, en dar a tan pintoresca afirmación su merecido.
Sí, sí, su merecido, porque la denuncia de que el PP ha ganado agitando el voto del miedo o es falsa o constituye una verdad de Perogrullo. Falsa, si se sostiene que el PP ha hecho algo diferente a los demás. Verdad de Perogrullo, si se acepta una obviedad: que lo que algunos llaman el voto del miedo es un componente inevitable de cualquier campaña electoral, de modo que lo que distingue a los partidos no es que unos lo utilicen y otros no, sino que unos tienen más éxito que otros a la hora de hacer verosímiles y, por tanto, creíbles socialmente, las advertencias sobre lo que supuestamente pasaría si sus competidores ganasen los comicios.
Si eso es el voto del miedo, no hay campaña electoral en el mundo democrático que no esté influida por él: de cabo a rabo. Pues una campaña no consiste, ni aquí ni en Pernambuco, solo en explicar lo que cada partido, o cada candidato, quiere hacer, sino en prevenir a los electores sobre los males que, a juicio de unos y de otros, podrían derivarse de que sean los adversarios quienes lleguen al poder.
Es verdad, por supuesto, que los populares alertaron a la población sobre los riesgos que, según ellos, correríamos los españoles, si la mayoría decidía entregar a Podemos el Gobierno del país. Y que, para eso, hablaron de la herencia de Zapatero o de las amistades peligrosas de Podemos. Pero ¿no hicieron exactamente lo mismo Podemos y el PSOE? ¿No se cansaron de hablar de los males infinitos (más corrupción, más recortes y más paro) que esperaban a la población española si el PP repetía en el Gobierno? ¿Por qué curiosa forma de razonar una cosa es agitar el voto del miedo y la otra no?
Es verdad, en todo caso, que entre la campaña del PP y la de sus principales adversarios hubo una diferencia sustancial. Sus resultados: y es que, mientras que las advertencias del PP sobre lo que, como país, nos pasaría (su llamada campaña del miedo) fueron capaces de convencer a más personas que hace medio año, las de los partidos de la oposición (campañas tan del miedo, si así quiere llamársele, como la del Partido Popular) convencieron a menos que en diciembre, pues bajaron en votos y en escaños. Un fenómeno que resulta, por cierto, extraordinariamente llamativo si se tiene en cuenta que el PP metía miedo con peligros potenciales y los demás con una gestión política ya conocida por el cuerpo electoral. Es lo que algunos politólogos denominan la credibilidad.