«S iempre que advierto ambición, intriga, astucia y maquiavelismo reconozco una facción, y corresponde a su naturaleza sacrificar el interés general». La frase, pronunciada por Robespierre a finales del siglo XVIII, cuando la realidad de los partidos (meras facciones para él) apenas comenzaba a despuntar, sería hoy firmada por millones de europeos. ¡Y no sin motivos!
El terrible atolladero en el que estamos desde hace medio año, reforzado por el egoísmo irracional del PSOE y Ciudadanos, ilustra la contradicción que puede llegar a darse en ciertas situaciones entre los intereses partidistas y el interés general de la nación. ¿Cuál es hoy el de la nuestra? El consenso al respecto es muy mayoritario: afrontar un amplio programa de reformas políticas, económicas e institucionales que aseguren la salida de la crisis, mejoren la calidad de la democracia y relancen, reforzándolo, el pacto constitucional que sirvió de base a la mejor España de la historia.
Lo aclararé para no inducir a error: la democracia consiste en la contraposición entre proyectos partidistas diferentes que concurren a elecciones y obtienen en ellas la mayoría necesaria para sacar adelante sus programas con el control de aquellos a quienes los electores han colocado en la oposición. Pero, siendo eso indiscutible, no lo es menos que hay situaciones en las que los países necesitan gobiernos de unidad democrática para afrontar con gran apoyo parlamentario y, por tanto, con una legitimidad reforzada reformas indispensables que durante décadas han ido aplazándose por falta de consenso.
España se encuentra hoy en esa situación. Tanto, que un amplio Gobierno de unidad, apoyado por el PP, el PSOE y Ciudadanos no es solo la mejor fórmula para evitar el dislate de unas terceras elecciones: lo es también para hacer frente a los retos pendientes, muchos de ellos irresolubles con un Gobierno débil y acosado por quienes viven esperando su caída.
Es obvio que el PP defiende hoy ese Gobierno de unidad porque el reparto de fuerzas le obliga a ello. Pero sus motivos son ahora lo de menos. Lo importante es que un endemoniado resultado electoral ha abierto la posibilidad de una fórmula de Gobierno que es sin duda la que hoy España necesita. Una fórmula a la que se oponen C’s y el PSOE por meros intereses partidistas y sin pensar para nada en los intereses generales.
Tengo pocas dudas de que al final los socialistas posibilitarán la investidura de Rajoy, pues no hacerlo los convertiría en responsables de unos terceros comicios, letales para ellos. Pero si, después, el PSOE y Ciudadanos se limitan a impedir que Rajoy gobierne para que caiga cuanto antes nada habremos avanzado. Más allá de a quien beneficie, esa disolución anticipada dejaría sin resolver los principales problemas del país, sin duda el gran perjudicado por una actitud partidista irresponsable y egoísta tras la que solo crecerían las malas hierbas del peor populismo, la desafección democrática y, en suma, el desprecio a dos partidos que no habrían sabido estar, para desgracia de todos, a la altura de la historia.