Mientras se suceden los análisis de los flagelantes de la espalda ajena, todos los artículos dedicados a hacer autocrítica de lo que los otros han hecho mal, dediquemos un momento al menos a medir las fuerzas reales, las perspectivas certeras de lo que puede y no puede hacerse. El PP ha ganado las elecciones, aumentando los resultados que tenía en diciembre (quizá habría que medir si fue tan conveniente forzar el adelanto electoral, pero ya me estoy contradiciendo con lo que decía al principio, no, no nos paremos en eso ahora) pero no tiene un panorama sencillo por delante ni mucho menos.
Los conservadores han comenzado a dar los primeros pasos en el angosto y espinoso camino hacia la suma de los 176 diputados. Es probable que pueda sumar los 32 de Ciudadanos con relativa facilidad, pero con concesiones que hasta hace cuatro días le parecían intolerables, los grupos nacionalistas no parecen ni siquiera dispuestos a hacer sudar sangre a Rajoy para permitir una aquiescencia por abstención. Quizá el PSOE baraje que en un determinado momento alguno de sus diputados baje con disimulo a hacer un pis en la votación de investidura, o se abstenga a cara descubierta para darle paso. Si es así, que los diputados que lo hagan sean los que están en la dirección con Pedro Sánchez a la cabeza para que carguen ellos con esa vergüenza y no hipotequen al partido entero. Son hipótesis y especulaciones. Rajoy presumió en campaña de haber declinado la investidura en enero porque no tenía los números. ¿Podría repetir una vez más esta estrategia? No lo creo, tendrá que someterse al hemiciclo, negociar, pactar, ceder y no tiene ninguna costumbre. Si falla es perfectamente legítimo que el resto de grupos busquen una alternativa de gobierno. Ahora, antes era anatema, el PP ha dicho que está dispuesto incluso a reunirse con grupos independentistas. Hace unos pocos meses, cualquier otro que lo sugiriera hubiera sido víctima de una jauría mediática que sólo muerde a quien le manda su dueño.
Si el PP revalida su mandato tendrá que afrontar una legislatura en la que ya no se podrá gobernar a golpe de decreto, en la que el presidente tendrá que comparecer en la cámara cuando le digan, en la que no tendrán por qué tolerarse ninguno de los episodios de regreso al NO-DO en TVE que han marcado los últimos cuatro años. Si hay voluntad, por supuesto. Como con las anteojeras de los caballos, los partidos que suponemos de izquierda o progresistas, se han enfocado en ganarlo todo, no sólo el gobierno sino la aniquilación del compañero de andadura, los que deberían ser adversarios y no enemigos. Tendrán que dejar ahora de minusvalorar la importancia del poder legislativo, la capacidad del parlamento para orientar y dirigir a un gobierno que ya no tiene mayoría absoluta. Hay muchas victorias parciales en las dos últimas elecciones que están eclipsadas por la competición de rasgarse las vestiduras de los ídolos vocingleros y vacuos que no sabemos por qué se han convertido en referentes políticos.
Hay mucho trabajo que hacer, no en las calles (donde deberán seguir las protestas de los colectivos sociales que consideren oportunas) sino en las instituciones, donde los ciudadanos han votado que estén sus representantes. Para cambiar las cosas con el BOE, el cambio verdadero, con leyes y normas que deben aplicarse. Es el momento de que los aguerridos cedan el paso a los pacificadores, para sumar esfuerzos y ser eficientes. Se acabó ya la campaña, los parlamentos no son para dar otro mitin, la estrategia del bloqueo permanente sólo tiene sentido si hay una expectativa de otra cita electoral inmediata. Pero ya van dos seguidas, ya valió, una tercera puede ser una catástrofe colectiva sólo para darle el gusto a los sectarios y los intransigentes. No nos digan más que están aquí para cambiar las cosas, para mostrar que hay otra forma de hacer política, no nos lo digan, háganlo que ya tienen los números que les dio la gente, el pueblo, los ciudadanos. Terminó el show, ya bajó el telón, se acabó el espectáculo. A trabajar que para eso se les paga.
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