La versión original de la serie de televisión House of Cards -y la buena de verdad- era británica. Y no es extraño. Las luchas internas en los partidos del Reino Unido son auténticas coreografías de traición y ambición. Pero en la crisis política simultánea que viven estos días laboristas y conservadores hay algo más que el clásico ajuste de cuentas en Westminster tras del fiasco del referendo. Se trata también de una lucha por ver cómo se matiza, se modela, o incluso se anula, el mandato que han otorgado los ciudadanos al Parlamento.
Porque cada vez está más claro que quienes han perdido el referendo no piensan conformarse tan fácilmente con ver al Reino Unido fuera de la UE. Ayer, lord Michael Helestine, un líder histórico del partido conservador, se atrevía incluso a decirlo abiertamente: se debería ignorar la voluntad de los votantes. Algunos de sus correligionarios han reaccionado escandalizados pero todo indica que se trata de un calculado globo sonda en una operación de largo alcance que ya ha comenzado.
Contrariamente a lo que había asegurado durante la campaña, David Cameron no ha invocado inmediatamente el artículo 50 del Tratado de Lisboa que desencadena irremediablemente la salida de Reino Unido de la UE. El detalle que ha pasado bastante desapercibido pero que es crucial. ¿Por qué no lo ha hecho? La única explicación es que piensa que todavía es posible evitarlo. Lo mismo sucede con su extraña dimisión diferida hasta octubre. Se trata de bloquear el ascenso de Boris Johnson, el campeón del campo euroescéptico en el partido conservador, y colocar a alguien que se preste a revertir -o al menos hacer menos rotunda- la salida de Gran Bretaña de la UE. Esta persona podría ser la ministra de Interior Theresa May, muy dura en cuestiones de inmigración pero contraria al brexit.
La crisis del Partido Laborista tiene una lectura parecida. Las conspiraciones contra el liderazgo de Jeremy Corbyn vienen de lejos pero ahora se trata de colocar en su lugar a un líder pro-europeo -de Corbyn se sospecha que incluso votó por el brexit-. De este modo, los dos partidos podrían ponerse de acuerdo en algún tipo de enjuague: unas elecciones anticipadas en las que llevasen en sus programas la repetición del referendo; un gobierno de unidad nacional que ignore el brexit; o cuando menos una negociación con la UE que deje intacta una buena parte de los tratados europeos. No es fácil, pero no es imposible.
Por supuesto, sería una auténtica vergüenza. Pero hay intereses poderosísimos en juego y, como decía el inolvidable Ian Richardson en la House of Cards británica cuando quería desviar alguna acusación: «Usted puede pensar lo que quiera, yo no pienso hacer ningún comentario».