Los referendos, como las armas, los carga el diablo, según ha vuelto a ponerse de relieve de nuevo con motivo de la consulta que ayer se celebró en el Reino Unido sobre su permanencia o salida de la UE. Una consulta que, como era de esperar, no se centró finalmente en cuestiones que son, por supuesto, discutibles (el grado de poder que los Estados deben traspasar a las instituciones europeas, la forma de mejorar su carácter democrático o el modo de impulsar el control popular sobre los poderes de la Unión, entre otras), sino que se tradujo en un debate primario, demagógico y por momentos bochornoso entre lo que sin exagerar pueden denominarse los buenos y los malos sentimientos.
Ha bastado seguir las respectivas campañas por el in (permanecer en la UE) y por el out (abandonarla) para constatar cómo, mientras los partidarios de seguir han insistido en la importancia de la construcción europea para superar los nacionalismos egoístas, en la necesaria solidaridad entre las naciones y los pueblos que forman parte de la UE y en la urgencia de reforzar la integración de los extranjeros que van de los países pobres a los ricos para huir de la miseria, gran parte de los impulsores del brexit -sobre todo Nigel Farage y su Partido por la Independencia del Reino Unido- han hecho todo lo contrario: excitar lo más bajos instintos de la población británica, esos que se agazapan bajo el nacionalismo excluyente, la xenofobia y la insolidaridad.
Cuando lean ustedes este artículo se sabrá ya si los buenos sentimientos han logrado vencer a los peores, como sería de esperar en el territorio donde triunfó la primera revolución liberal de la historia de la humanidad; o si, por el contrario, la irresponsable excitación de los peores sentimientos colectivos ha logrado que la mejor Europa que hemos tenido jamás vaya a verse amputada de la nación de la que tantos nos sentimos orgullosos: de una de las naciones pioneras en el voto femenino, en el reconocimiento de los derechos sociales o en la creación de un gran sistema nacional de salud (el National Health Service). De la nación de Jane Austen y los Beatles. De la nación que, cuando toda Europa había caído bajo las botas del nazismo, luchó «en las playas y en los campos, en los mares y los océanos» para recuperar la libertad de nuestro continente.
Con un grado de frivolidad que raya en la pura estupidez, Cameron ha vuelto a poner a su país al borde del abismo, igual que cuando convocó el referendo en Escocia sobre la independencia. No estará de más, visto lo visto, y aunque al final, como deseo fervientemente, el in gane esta decisiva batalla contra el out, que los partidarios no independentistas de un referendo de autodeterminación en Cataluña recapaciten de una vez. Pues esa consulta, que supone para muchos el culmen de la democracia, sería inevitablemente la ocasión para que los secesionistas movilizaran los malos sentimientos de una población que ha vivido en armonía hasta que el nacionalismo -el mismo que está detrás del brexit- vino a ponerla trágicamente en entredicho.