Eran las once y diez. En ese preciso instante Pablo Iglesias me dio el título de la columna. En ese momento dijo: «Y tres huevos duros». La inspiración bajó cual espiritual paloma y me arrebató el sopor en el que me había sumergido. Hasta entonces ganaba Rajoy porque decía su verdad: empezó a gobernar una España en quiebra y, pese a todo, esa España ha sobrevivido. Como él ayer mismo. Le lanzaron dardos, huevos duros, desde todas partes. Y salió mejor que nunca. Ni Arriola ni Moragas lo hubiesen esperado mientras paseaban con él tras el primer descanso.
Rajoy no es telegénico. Si presentase el telediario de las tres, a las tres y cinco el público iniciaría la siesta. Tampoco es un adalid de la oratoria y en el terreno de la logopedia, la ciencia del buen hablar, los especialistas tendrían mucho por hacer. A Rajoy en el debate lo pusieron de perfil, como la caricatura del jorobado de Notre Dame, y uno pensó que se arrugaría. No fue así. Minuto a minuto ganó en confianza e incluso llegó a empequeñecer al más atractivo en televisión: Albert Rivera. Ayer estuvo a la altura de sí mismo: diciendo poco, pero con astucia oral, y marcando como un rudo defensa central a Pablo Iglesias. El nuevo Pablo. Hasta el debate, su lugar dialéctico era el fango. Ayer, no: estuvo dulce, como una magdalena. Aunque sus aparentes buenos modales son los de Marco Junio Bruto asestándole una puñalada a César: por detrás y sin esperarlo. Entre la cal viva y los huevos duros, prefiero los últimos.
Rajoy salió vivo, que no es poco. Sánchez, no. El líder socialista acabó el debate occiso: matado, según la RAE. Es un cadáver político andante que para resucitar precisa una vicepresidencia. La que le dará Rajoy el 27 de junio, Dios mediante. La que aceptará si le queda alguna luz de las pocas que nos ha mostrado desde hace un año. Veremos. Antes conviene desentrañar el sentido cierto de algunos momentos estelares del debate. Momentos estelares de la humanidad, disculpen el excurso, es una obra del maestro Stefan Zweig: se suicidó porque pensaba que Europa y su cultura, abrumada por la intolerancia, había llegado a su fin (¿les suena?).
Lo peor, los números: para qué queremos escucharlos. Lo mejor, las maneras correctas. El más agrio, Pedro Sánchez. Si yo fuese socialista le pediría a Pablo Iglesias, el fundador, que regresase del alén para que pusiese en su lugar a este basilisco. Se ha quedado sin discurso. Como ayer en el debate. Quiso pelear con Rajoy, y perdió (¿cómo puede acusar de corrupción el líder de un partido que ha consentido el fraude de 854 millones en Andalucía?). Luego se dio cuenta de que su rival cierto era Podemos y, queriendo enmendarlo, arremetió como un miura contra su verdadero adversario. Fue tarde. Todos contra Rajoy, tirándole de todo. Esta vez los huevos duros no alcanzaron, ni por un momento, sus agitados ojos saltones.