Nuestros candidatos son tremendamente predecibles. Antes del inicio del debate televisado, antes de conocer las preguntas que va a formular el trío de afamados moderadores, antes de que abran la boca los cuatro tenores, el espectador mínimamente interesado en las artes escénicas ya comienza a tararear, con un mínimo margen de error, los respectivos estribillos. Tampoco tiene mucho mérito, la verdad sea dicha, porque el vodevil no es más que una reposición del representado hace unos cuantos meses, con solo un cambio en el elenco: el papel del PP lo desempeña el gran tenor Mariano Rajoy, milagrosamente repuesto de su afonía, en vez de la prima donna Sáenz de Santamaría.
Claro está que, a pesar de seguir el mismo libreto, nunca dos representaciones fueron idénticas. Ha transcurrido medio año desde la primera y no todos los cantantes han envejecido en igual medida, al menos si nos fiamos del diagnóstico de las encuestas. Y eso implica sutiles variaciones. Fundamentalmente, un Rajoy y un Iglesias más a la defensiva, con menos predisposición al riesgo, porque el marcador demoscópico los favorece. Y un Sánchez y un Rivera más agresivos, más incisivos, como corresponde a los equipos presuntamente en desventaja. Fuera de esos matices, solo perceptibles por melómanos, la vida sigue igual.
Baste como botón de muestra la parte del debate dedicada a economía y empleo. Todos cumplieron el papel previsto. Rajoy defendió su gestión, esgrimió cifras para avalarla, prometió crear dos millones de puestos de trabajo durante la legislatura y repitió, hasta dos veces, que una cosa es predicar y otra distinta dar trigo. Iglesias, especialmente contenido y complaciente con el candidato socialista, insistió en su propuesta de incrementar el gasto público y, al mismo tiempo, rebajar el IVA. Sánchez, obviando a la fuerza política que amenaza la hegemonía del PSOE en la izquierda, dirigió toda su artillería contra el presidente en funciones, cuya política consideró triplemente previsible: más impuestos, más recortes y más corrupción. Rivera concentró sus dardos, sorprendentemente, sobre el señor Iglesias, al que criticó desde su modelo griego hasta su empeño en subir los impuestos.
A falta de propuestas novedosas, el único atractivo del debate consistió en observar las tácticas empleadas por los contendientes. El debate a cuatro se convirtió, premeditadamente, en sendos debates a dos: Mariano Rajoy-Pedro Sánchez y Albert Rivera-Pablo Iglesias. Un esquema en el que Pablo Iglesias se sintió especialmente incómodo y del que intentó evadirse con arrumacos al candidato socialista y una apelación a un futuro Gobierno de la izquierda. Pedro Sánchez no entró al trapo, no respondió al envite acerca de futuros socios y se limitó a recordar que fue Iglesias quien, con su voto idéntico al PP, impidió el cambio: «Yo lo intenté y los dos extremos lo impidieron».
¿Resultado? Cuando un debate es tan predecible como este, nada cambia. Pero eso deberán decirlo los ciudadanos.