Si el 26J se confirman los resultados que pronostican las encuestas, al PSOE -no ya a Pedro Sánchez- solo le quedaría elegir la manera de suicidarse. Podría optar por formar una gran coalición con el PP o permitir que gobierne sin entrar en el Gobierno. Si tomara ese camino, estaría engañando a sus más de cinco millones de electores, a los que no solo Sánchez sino también su posible sucesora, Susana Díaz, han prometido por activa y por pasiva que no permitirán gobernar al PP. Además, dejaría el campo libre de la oposición a Podemos. La otra posibilidad, si se dieran los números, sería hacer presidente a Pablo Iglesias, cuyo objetivo manifiesto es destruir al PSOE para ocupar su espacio. Es decir, dejar los resortes del Estado y la política económica en manos de un conglomerado de fuerzas con un programa que se sitúa fuera del marco de la UE, a los que une la defensa de un inexistente derecho de autodeterminación y con una inquietante interpretación de los derechos, las libertades y la justicia. La gran operación de camuflaje del otrora autodenominado comunista y entusiasta chavista disfrazado de nuevo socialdemócrata y patriota, vendido en formato de catálogo de Ikea, no es creíble. Los socialistas conocen ya de sobra cómo se las gasta Iglesias y qué significa su mano tendida. No pueden llamarse a engaño. La tercera opción sería desentenderse de todo y no apoyar ni al PP ni a Podemos, con lo que estaríamos abocados a unas nuevas elecciones. Los tres escenarios asomarían al PSOE al abismo y lo enfrentarían al fantasma de la pasokización. Maneras de morir. Pero, ojo, el derrumbe socialista, del que muchos se regocijan, también podría ser letal para España.