Aunque nadie se ha atrevido aún a apuntar que el líder de Podemos podría haber nacido en el mismo planeta Krypton del que procede Superman, lo cierto es que a estas alturas son ya indudables las fuertes semejanzas que presenta Iglesias con el hombre volador.
La más evidente se refiere a su común capacidad de transformismo. El terráqueo Clark Kent se convierte en Supermán con una facilidad más que pasmosa: fuera camisa, y hala, ¡a volar!, para reparar penosos entuertos tal que a lomos de Rocinante lo hacía don Quijote. Iglesias se transforma -es verdad- sin recurrir al estriptís, pero no con menos rapidez: comenzó siendo un izquierdista radical, luego anunció (como el ministro franquista Fernández de la Mora) el crepúsculo de las ideologías, y ahora, quizá como fruto de tanto cambio, tienen una empanada ideológica de lomo, es decir, de tomo y lomo: Iglesias dice ser un socialdemócrata que reivindica el legado comunista o, quizá -no cabe afirmarlo a ciencia cierta-, un comunista que reivindica el legado de la socialdemocracia, lo que, en su caso, viene a ser lo mismo, pues, hablando de ideas, Iglesias cree que el orden de factores no altera el producto. Pero eso sí: cada vez que se exige la libertad de los presos políticos encarcelados en Venezuela por los autoritarios herederos de Hugo Chávez, su antiguo protector, Iglesias se comporta como un verdadero reaccionario y dice no: que les den a los presos políticos y sigan en la cárcel, que él está ocupado en denunciar la llamada ley mordaza del PP.
Ahora bien, cuando el conducator de Podemos se comporta como un genuino Superman es al proclamar que no hay Lex Luthor en la UE ni en el FMI que puede obligarlo a hacer lo que no quiere. Su programa de reformas, que solo cuadra tras un ejercicio de economía creativa más propio de los hermanos Zipi y Zape que de un político responsable e informado, saldrá adelante, sostiene Iglesias, pese a lo que diga el BCE, la Comisión, el parlamento de Estrasburgo o la madre que a todos ellos los parió. Porque como a él, que es muy macho, aunque sea también un genuino portavoz de esa corrección política lingüística de género que ha desterrado como reaccionaria la forma de hablar del 99,9 por ciento de los ciudadanos españoles, no habrá quien le pare cuando llegue a la Moncloa. Él gobernará como si el mundo no existiese y no se dejará achantar por los malvados alemanes, que han obligado a realizar un giro de 180 grados tanto a Alexis Tsipras, a quien -ahora que dirige un ajuste de caballo- ya no reivindica, como a Hollande.
Porque Iglesias, al igual que los niños malcriados, cree que puede hacer lo que le pete. Y también que los ajustes que impulsan o han impulsado muchos Gobiernos en Europa y en España (los del PSOE y el PP) no son el fruto de una crisis formidable, sino solo de la maldad de unos políticos que odian a sus pueblos respectivos, a los que quieren machacar porque esa es su placentera vocación. Parece que el sueño de Súperpablo de llegar a la Moncloa no va a producirse por ahora. Pero, si fuera el caso, ¡ay!, que Dios con coja confesados.