Cuánto odio, cuando todo es más sencillo. Dos verdades: el Real Madrid es el equipo más ganador del mundo y el Barcelona es el equipo que mejor juega al fútbol del mundo. Ese es el resumen. A estos dos hoy solo les tose a esa altitud el Bayern. Y lo demás es lenguaje de forofos. Ah, y el Atlético de Madrid es el equipo más luchador del mundo. Pudo ganar la final, pero le faltaron lo que, en el idioma sioux de Cristiano, se llama un par de top (jugadores, no modelos, qué también). El vil metal. El dinero que en el fútbol sí tiene nombre y hace goles. El Atlético peleó más por el partido. Tuvo la iniciativa, cuando se serenó, pero Oblak (inmenso en el partido y nefasto en los penaltis: recordó a aquel Zubi que ponía una rodilla en el césped como un robot y no paraba uno) evitó varios goles para frenar la mayor pegada del Madrid. Y la pegada de Cassius Clay la ponen siempre los top. Simeone seguirá en el Atlético si le fichan de verdad a dos crac. Si el Atlético tiene sobre el césped de Milán a Lewandowski en vez de a Torres, o a Müller en vez de Saúl, habrían ganado esa orejuda que ya es una maldición para ellos. Es el equipo que más finales de Champions ha perdido sin ganar ni una (tres). Superó en ese dramático apartado de no campeones al Valencia de las lágrimas de Cañizares (dos) y al Stade Reims (otras dos, en la época jurásica). Claro que Ramos marcó en fuera de juego. El único error que cometió el árbitro (espectacular), y lo cometió por culpa de su linier. En la final se vio que la vida es una mezcla de carácter y destino o suerte (el larguero de Griezmann). Lo más increíble: oír a esos millonarios consentidos en las celebraciones, mucho mejor cuando tienen el balón en los pies que cuando llevan un micrófono en la mano. Futbolista a tus botas.