Aunque en 1970 yo era poco más que un crío, recuerdo bien lo que ese año sucedió cuando le dieron el Premio Nobel de Literatura a Alexander Solzhenitsin: que una buena parte del sedicente izquierdismo europeo puso a caldo al autor de, entre otras obras, Un día en la vida de Iván Denísovich, impresionante novela testimonio en la que el gran escritor ruso narraba la barbarie de los campos de trabajo estalinistas, en uno de los cuales Solzhenitsin había estado preso entre 1945 y 1956.
Se escupieron entonces contra él un tropel de iniquidades: que el novelista era de la CIA, un fascista, un traidor al socialismo y tonterías del estilo que trataban solo de esconder un hecho puro y simple: que el estalinismo, que Solzhenitsin llevaba años denunciando con gran coraje y sufrimiento, había sido, junto con los fascismos, una de las grandes catástrofes políticas y humanitarias de nuestro terrible siglo XX.
Es verdad que hoy ya pocos ponen en duda esa evidencia, salvo algún prosoviético extravagante, pero también lo es que la teoría de que hay dictaduras buenas y dictaduras malas sigue vivita y coleando para muchas gentes que se consideran a sí mismas de izquierdas (entre otras, en España, las de IU, Podemos y el nacionalismo radical) y que no tienen rubor alguno en defender la dictadura castrista o la autocracia populista del chavismo por la sencillísima razón de que se sostienen en un discurso supuestamente progresista, cuando la realidad es que esas satrapías políticas violan de un modo flagrante y vergonzoso lo que la izquierda democrática lleva mucho tiempo defendiendo: las elecciones libres y verdaderamente competidas, la separación de poderes, el respeto a los derechos fundamentales y las libertades públicas y el control del poder público.
Frente a ese cinismo que condena a Franco y Pinochet y santifica a Castro y Chávez (los ejemplos podrían, claro está, multiplicarse), parece mentira que haya que seguir insistiendo en que una dictadura no deja de serlo porque se ampare en un discurso político de derechas (el orden) o de izquierdas (la igualdad). Tal justificación es solo un producto para consumo de sectarios y fanáticos, que creen que el abuso de poder está justificado cuando se ejerce al servicio de unas determinadas ideas que, por lo demás, acaban siendo siempre un cuento chino: que se lo digan, si no, a los cubanos, que llevan viviendo en la miseria desde hace varias décadas; o a los venezolanos, que carecen hoy de los productos de primera necesidad más elementales. O que se lo digan a los españoles que vivieron bajo el franquismo o a los chilenos que lo hicieron bajo el pinochetismo, garantes del orden y la paz de un cementerio.
No, no hay dictaduras buenas y dictaduras malas. Hay dictaduras, que son siempre despreciables por violar la libertad y reducir a las personas a la condición de súbditos disciplinados, aplaudidores y obedientes. Y hay gentes y partidos a quienes la idolatría embota los sentidos hasta el punto de considerar a los dictadores los bondadosos padres de pueblos sometidos. Que Dios nos libre de las unas y los otros.