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Carlos Arévalo, medalla de bronce en los Juegos de París: el cabo de infantería que recoge felicidad por tierra y mar cargado de fusil y pala

Pablo Penedo Vázquez
Pablo Penedo REDACCIÓN / LA VOZ

DEPORTES

Último en cruzar la rampa de embarque a la travesía de los sueños del K4 español, el betanceiro, alumno ideal, está a punto de cerrar un ciclo virtuoso

08 ago 2024 . Actualizado a las 14:23 h.

El K4 500 masculino español de los gallegos Carlos Arévalo y Rodrigo Germade, el catalán Saúl Craviotto y el balear Marcus Cooper ha alimentado su hambre olímpica sumando este jueves en los Juegos de París la medalla de bronce a la plata que conseguían tres años antes en el canal Sea Forest de Tokio. El resultado a tres nuevos años de duro sacrificio y trabajo llevado por momentos al límite de la resistencia humana, con cuatro historias personales con sus respectivas mochilas detrás. 

Lo mucho que puede cambiar una vida cuando se pone toda la carne en el asador. De gran promesa deportiva hundida sobre una piragua agujereada por la fatalidad que se negó a ser, a héroe de un país y su Ejército, suscitando admiración y reconocimiento por doquier sin pegar un solo tiro. La historia corre a cargo de Carlos Arévalo (Betanzos, 1993), que con su segunda medalla en los Juegos y con 30 años todavía, apunta a más futuras alegrías, propias y compartidas por tantos que ven en él un referente. Sin ir más lejos, este viernes, aspirando junto al cangués Rodrigo Germade a conquistar un doblete histórico para Galicia que materializaría en la pista de Vaires-sur-Marne las excelentes sensaciones ofrecidas por su novedoso K2 500.

«Todo lo que hice en mi vida fue orientado a llegar a unos Juegos Olímpicos», confesaba Arévalo al despedir el 2021 con la plata en Tokio bien guardada en la caja fuerte de su piso de Asturias, la tierra en la que rehízo su vida tras resistir, levantarse y vencer. Resistir tras quedarse fuera del K2 200 de los Juegos de Río al perder el infernal selectivo fratricida con su compañero de barco durante cuatro años, el también gallego Cristian Toro, y ver cómo el de Viveiro se colgaba el oro junto a Saúl Craviotto. Levantarse ayudado de los suyos, familia, amigos, técnicos y directivos del club de Betanzos, el mismo en el que el paso efímero de una entrenadora, la canaria Sara Martí, había despojado en su día a un jovencísimo Arévalo de su vagancia infantil para trabajar cualquier cosa que necesitara aprender. Y vencer convenciendo. Con las armas de la razón y las balas de un rendimiento a prueba de bombas, acoplándose en tiempo récord a un K4 500 que venía como un tiro con dos platas mundiales, que Carlos ayudó a convertir en tres en el 2019 supliendo a un Toro de excedencia por paternidad. Empotrado ya en la unidad de élite de la selección masculina de kayak, el betanceiro hizo gala de la transformación radical que su reciente entrada en el Ejército le había aportado, dando cuerpo y alma para ganarse los galones a ojos del seleccionador nacional de kayak masculino, Miguel García. ¿Cómo? Ofreciendo los mejores tiempos en cada control interno de calidad para definir en los últimos meses los hombres destinados a batirse en el cuerpo a cuerpo con el pánzer alemán en Tokio.

El Ejército había centrado la cabeza de un deportista a punto de tirar la toalla, cubriéndole las espaldas con su cobertura profesional y enseñándole a cambiar de mentalidad, «a no desmoronarse, no rendirse nunca». Y Carlos se lo había devuelto desde la piragua con la primera medalla en los Juegos de uno de sus integrantes desde 1928. Dos vasos comunicantes que han seguido acelerando y consolidando el crecimiento del betanceiro. Un hombre que enumera el «sacrificio y la humildad» como valores centrales del buen deportista, principios intercambiables cuando se enfunda su uniforme de cabo.

Sus tres familias

En esos dos mundos diferentes, Arévalo continúa siendo esa persona tan sencilla como digna de afecto y admiración. Como demuestra poder decir que tiene tres familias. La de sus compañeros de armas, «siempre pendientes de mí, dándome ánimos, felicitándome» en cada nueva aventura deportiva, cuenta. La de los cuatro fantásticos, Craviotto, Cooper, Germade, sus «amigos», y Manuel García, del que dijo nada más pisar tierra con la plata olímpica de Tokio en el zurrón y darle un abrazo: «Es como un padre para mí, la persona con la que comparto mi día a día y me enseña todo».

Y por encima, la que lo ha apoyado incondicionalmente desde Betanzos, de la que jamás recibió un comentario negativo y sí, por el contrario, el esfuerzo por levantarlo en su momento más delicado. Desde su padre, Pedro, presidente del club Ría de Betanzos, hasta los entrenadores de la casa, Neftalí Paraje y Javier Benito, y su madre, Encarna, sin olvidar a la pareja de Carlos. Tres baterías de alto voltaje que han disparado todavía más la potencia y el rendimiento de, así lo describe Marcus Cooper, «un portento físico, con la burrada de vatios que desarrolla para poner patas arriba la piragua».

El hombre nuevo en el que se había convertido Arévalo en el anterior ciclo olímpico ha proseguido en estos tres últimos años la metamorfosis como deportista alimentada por lo aprendido en el cuartel. «Carlos es una persona que trabaja duro y se deja aconsejar. Confía en todo lo que hacemos y va ciego a por ello, sin plantear dudas. No pregunta, lo hace», ha contado de él el seleccionador nacional. Fue esa la forma en la que aprendió a rebajar sus revoluciones al compás de sus tres compañeros para reducir las paladas en el tramo medio de competición, nueva munición en su guerra por intentar destronar al K4 alemán.

Así consiguió Arévalo en el 2022 ser el primer piragüista español de la historia con dos oros en el mismo Mundial, coronándose con su nuevo paleo en el K4 500 y el K1 200. Elegido mejor deportista del año por el COE. Escogido por unos conocidos grandes almacenes para una de sus últimas y elegantes campañas junto a su familia de piragüistas bajo el lema Perfecto. Ascendido a cabo en el Regimiento de Infantería Número 3 de Cabo Noval, en Asturias. Y hace cuatro meses y medio, padre primerizo de Carlota en la antesala de su nuevo asalto a otra medalla olímpica. Con una tortilla de Betanzos en su punto a la mesa y la lectura del pregón de su pueblo a la vuelta de París, cuánto puede cambiarle a uno la vida cuando se ayuda a ello.