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El rudo «tenis de gigantes» de Ecuador

afp

DEPORTES

JUAN CEVALLOS | AFP

Con una raqueta de madera de más de cinco kilos y una pelota del tamaño de un melón, sobrevive un centenario deporte tradicional en las canchas de Quito

28 jul 2017 . Actualizado a las 13:43 h.

Lo que más distingue a los jugadores del «tenis de gigantes» andino es su antebrazo, digno de «Popeye». «¡Mira!», exclama en una cancha en el norte de Quito el veterano jugador Hipólito Mejía, mientras se palpa orgulloso los músculos de debajo del codo, extremadamente desarrollados. «Aquí todos tenemos un brazo más grande que el otro». No es de extrañar. Todo es exagerado, todo es rudo, en este centenario deporte tradicional que a duras penas sobrevive en el centro-norte de Ecuador, también conocido como pelota nacional, y con algunas variantes en el sur de Colombia, bajo el nombre de chaza.

La raqueta de madera que empuña Mejía, por ejemplo, pesa cinco kilos, y en lugar de cuerdas tiene unos enormes pinchos cónicos de caucho para golpear una pelota del tamaño de un melón, de casi un kilo, hecha de caucho o de pelo de cola de caballo. La cancha es de tierra, mide 100 metros de largo por nueve de ancho y la red es una línea trazada en el suelo con un palo. Juegan cinco contra cinco y la pelota se puede devolver dejando o no un bote.

JUAN CEVALLOS | AFP

La puntuación es similar al del tenis: 15, 30, 40 y juego. Para ganar un set se necesitan tres juegos, y el partido se disputa al mejor de tres sets. «Lo llamamos 'tenis de gigantes', por el lanzamiento de la bola. En el tenis, la raqueta y la bola son muy pequeñas, y si la bola se sale de la pista es falta. Aquí cuanto más largo se lance es mejor y más bueno el jugador», expresa Mejía de 51 años al finalizar un partido.

Las raíces de este exótico deporte se remontan a más de cinco siglos, en la época incaica, entre los pueblos indígenas de la actual frontera colombo-ecuatoriana. Los aborígenes fabricaban pelotas con cabuya (fibra natural) o con pieles de animales, y para golpearlas usaban las herramientas de madera con las que trabajaban la tierra, forradas con cuero de borrego. De ahí fue evolucionando hasta lo que es ahora, con normas adoptadas de otras modalidades de pelota a mano de influencia colonial, como la pelota vasca, que se juega contra una pared, o la pelota valenciana, en una cancha larga.

Sobre un terreno árido

El partido «amistoso» es entre el Cotocollao y el Calacalí, enfrenta a dos parroquias populares al norte de la capital. Se disputa en un terreno baldío que hay en la parte posterior de las gradas de un campo de fútbol (el deporte rey en Ecuador), una cancha de ecuavóley (una modalidad ecuatoriana del voleibol) y un parque infantil.

JUAN CEVALLOS | AFP

Bajo el sol de las dos de la tarde, que a 2.800 metros de altitud puede ser muy punzante, cada golpe de los jugadores viene acompañado de una leve mueca de dolor, y cada punto es fruto de técnica y de un esfuerzo titánico. «Tienes que saber cómo golpear bien, haciendo fuerza con el antebrazo, donde recae todo el peso, pero sin lesionarte», explica Johny Mora, de 26 años, considerado uno de los mejores jugadores del país.

Este quiteño corpulento hace en esta ocasión de árbitro, y mientras fuma un cigarrillo va trazando con un palo sobre la tierra el resultado: cada punto es una línea y el juego ganado es un cuadrado. Las líneas blancas de la cancha, desgastadas por el uso, las malas hierbas que crecen en los bordes, las farolas rotas por los golpes de la pelota, los escasos espectadores muestran el olvido en que está cayendo este deporte.

En Ecuador, con 16,5 millones de habitantes, no hay más de 2.000 jugadores, sobre todo entre los 30 y 60 años, porque los más jóvenes se dedican a disciplinas como el fútbol y el baloncesto. Antes la Federación Ecuatoriana de Pelota Nacional, que reúne a todas las modalidades de pelota, organizaba torneos nacionales o internacionales, con equipos de Colombia, pero ahora son cada vez más escasos.

Enrique Bustos, presidente de la Federación entre el 2006 y el 2010, lamenta el poco apoyo de las autoridades, que reconocen al «tenis de gigantes» como deporte «autóctono, tradicional y ancestral», pero en la práctica le dan el trato de actividad recreativa. «Apoyan a todos los deportes olímpicos, este es más de tradición. Nosotros jugamos porque nos encanta y para que no se siga perdiendo», explica este jubilado profesor de Educación Física.