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Ana Carpintero, memoria sindical ante el 8-M: «No se puede bajar la guardia porque lo que podemos perder es mucho»

Carmen Liedo REDACCIÓN

ASTURIAS

Ana García Carpintero, enfermera retirada y sindicalista
Ana García Carpintero, enfermera retirada y sindicalista

De las camisas de IKE a la sanidad pública, la trayectoria de esta enfermera y sindicalista personifica la lucha de una generación de mujeres que rompió el tutelaje patriarcal

08 mar 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

El 8 de marzo no es, para Ana García Carpintero, una fecha de eslóganes vacíos ni de celebraciones estériles. A sus 70 años, esta enfermera retirada y sindicalista de raza sabe que los derechos no son conquistas perpetuas, sino territorios que hay que defender cada día. Su historia, que se entrelaza con la memoria industrial de Gijón y la profesionalización de los cuidados, es el reflejo de una mujer que aprendió temprano que la independencia económica es la primera piedra de la libertad. «Las mujeres de mi época teníamos claro que nuestra independencia empezaba por la independencia económica y dejamos la piel», afirma con la serenidad de quien ha librado ya unas cuantas batallas. 

La identidad de Ana se empezó a fraguar a comienzos de los años 70, cuando vivió las huelgas de la enseñanza media, pero la «dictablanda» aún retenía y golpeaba. De hecho, recuerda como con apenas 16 años, la detuvo por primera vez la Brigada Político-Social mientras participaba en un piquete en la Universidad Laboral. Aquella joven que estrenaba la enseñanza mixta en el instituto Calderón de la Barca ya intuía que el mundo estaba dividido en clases y que su lugar estaba en la resistencia. 

Ana García Carpintero, enfermera retirada y sindicalista
Ana García Carpintero, enfermera retirada y sindicalista

A los 20 años, la muerte de su padre y la falta de recursos la obligó a abandonar la universidad para entrar en el taller de Confecciones Gijón, la emblemática fábrica de las camisas IKE. Pese a todo, se considera que fue «una privilegiada, entre comillas, pero una privilegiada porque algunas de mis compañeras habían empezado con 12 años. Por aquel entonces, la edad laboral para el mundo del trabajo estaba en torno a los 14 años. Pero allí las había que empezaron con 12, así que lo de empezar con 20 era un privilegio», relata. La fábrica era, por tanto, un entorno principalmente feminizado en el que los hombres eran los que ocupaban los puestos de mando. 

Sindicalismo gestado en confiterías 

Allí, Ana Carpintero comenzó a «tejer» una red que desafiaba la verticalidad del régimen. Recuerda que eran tiempos de reuniones en confiterías y locales de iglesias, lugares donde las mujeres podían mimetizarse y pasar desapercibidas para organizar las primeras secciones sindicales: «constituimos los primeros embriones sindicales dentro de las fábricas, las sesiones sindicales que llamaríamos ahora. Se hacía en una situación de semiclandestinidad. Como éramos mujeres, pasábamos desapercibidas, porque nos reuníamos en confiterías o locales de iglesias, siempre en lugares donde nos podíamos mimetizar de alguna manera. Lo de las confiterías era muy socorrido», recuerda con cierta satisfacción por haber tenido ella y sus compañeras picardía y tesón para crear una estructura sindical de la nada. Y pese a todas las dificultades, apunta con cierta nostalgia: «en aquella época se vivía de otra manera. La reivindicación laboral era mucho más generosa, más solidaria», ensalza. 

Lo que tiene claro años después es que «el hecho de ser mujer te marcaba de alguna manera» porque «en el trabajo no eras igual» y, añade, «esa era la pelea». Así, en las primeras negociaciones del convenio del textil, allá por el año 1976, recuerda que en «las primeras tablinas de reivindicaciones, ahí ya metimos consignas nuestras. Por ejemplo, la elemental: igual trabajo, igual salario. También reivindicábamos las condiciones de trabajo en embarazadas», añade la misma, consciente de que «había unas verdades como campanos, como era el tema de la igualdad, el derecho al aborto, el derecho a mi cuerpo... Pero plantear eso en las fábricas, llevar esas ideas, no dejaba de ser chocante», explica sobre aquellos años en los que las reivindicaciones laborales empezaban a teñirse de feminismo. 

Ana García Carpintero, enfermera retirada y sindicalista
Ana García Carpintero, enfermera retirada y sindicalista

Pero en IKE, Ana y sus compañeras no solo peleaban por el salario; luchaban contra un sistema de tutelaje asfixiante: «éramos dependientes, primero de nuestros padres, luego pasábamos a un empresario y luego pasábamos a ser dependientes de los maridos», indica Carpintero, subrayando lo difícil que fue romper esas cadenas para demostrar que el salario femenino no era un simple «apoyo a la economía doméstica», sino un derecho individual. El caso es que durante los cuatro años de encierro y lucha por el mantenimiento del empleo en la fábrica textil, Ana se forjó en el ámbito sindical, entendiendo que, ante el conflicto, la salida siempre es colectiva. 

Giro profesional hacia la sanidad pública 

Tras el cierre de la fábrica, su rumbo profesional giró hacia la sanidad pública al integrarse como enfermera en el Hospital de Cabueñes. No obstante, Ana no dejó atrás su compromiso con el sindicalismo y su lucha por la igualdad, así que, en este nuevo ámbito laboral, donde la enfermería también era una profesión feminizada y los techos de cristal seguían intactos en los despachos de dirección, decidió que era necesario organizar algo nuevo. De la nada, impulsó la delegación de la Corriente Sindical de Izquierda (CSI), una herramienta que, en la actualidad, y tras su jubilación, se mantiene como la segunda fuerza en la junta de personal del hospital. 

La labor de Ana en Cabueñes fue una extensión de su vida: combatir la resignación. «Cuando tienes un problema puedes meterte a llorar en casa o salir, juntarte con el resto de compañeras y defenderlo», sentencia aún con fuerza, y es que, para ella, el sindicato es la herramienta fundamental de la clase obrera para cambiar una realidad que oprime, ya sea en un taller o en la planta de un hospital: «la herramienta de la clase obrera son los sindicatos. Ahí es donde tenemos que organizarnos, dar la batalla y dar la pelea por intentar cambiar las cosas e intentar cambiar las condiciones de trabajo y, en nuestro caso, defender la sanidad pública», apostilla. 

Sin embargo, el camino no estuvo exento de «peajes» personales. Ana habla con honestidad de ese «sentimiento grande de culpa» que compartían las mujeres trabajadoras por haber descuidado, supuestamente, a sus hijos durante las movilizaciones. En un mundo que no facilitaba la conciliación, la retaguardia siempre estaba cubierta por otras mujeres: «Detrás de nosotras estaban nuestras madres», reconoce, rindiendo tributo a esa generación de cuidados silenciosos que permitió su militancia.

Hoy, a las puertas de un nuevo 8-M, el mensaje de Ana Carpintero es de una vigilancia activa. Aunque reconoce los avances conquistados, advierte que la guardia no se puede bajar: «hay que comprender que puedes conquistar y hemos conquistado muchas cosas, pero de la misma manera podemos perder», reflexiona la misma en alerta porque los derechos de las mujeres, aún hoy, son «una lucha continua» porque «lo que podemos perder es mucho». Así, su historia es un recordatorio de que la igualdad no se concede sin más, se arranca, y que figuras como ella son el hilo invisible que une las luchas de ayer con las de las generaciones que todavía hoy pelean por un futuro de plena igualdad.