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Madre e hija científicas: dos generaciones frente a la brecha de género en la investigación

Raúl Romar García
R. Romar LA VOZ

CON C DE CIENCIA Y CULTURA

Ángeles, la madre, es la decana de Químicas en Vigo. Alba, la hija, inició la carrera de Biotecnología
Ángeles, la madre, es la decana de Químicas en Vigo. Alba, la hija, inició la carrera de Biotecnología

Alba, estudiante de Biotecnología, admite que ahora tiene más facilidades que su madre, Ángela, pero pese a la mayor presencia femenina en la ciencia persisten los desafíos: «Es difícil verte reflejada en el futuro cuando las figuras fundamentales siguen siendo ellos»

11 feb 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Alba García Peña siempre tuvo claro su vocación: quiere ser investigadora. Mamó la ciencia en su hogar con el ejemplo y la inspiración de su madre, Ángeles Peña Gallego, decana de la Facultad de Química de la Universidade de Vigo. La hija, de 18 años, se ha orientado hacia la biotecnología, que estudia en la Universidade de Santiago, mientras que la madre, de 51, fue una pionera en su ámbito. Se especializó en química cuántica, un área dominada por los hombres y más aún en su época. «Realicé parte del doctorado en la Universidad de Coímbra donde era una rara avis. Era la única chica de un grupo enorme de estudiantes internacionales», confiesa. Ambas, que representan a generaciones distintas, trazan la evolución de cómo ha cambiado el papel de la mujer en la carrera investigadora coincidiendo con el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, que se conmemora este miércoles. Los retos a las que las dos se tienen y tuvieron que enfrentar son diferentes, porque ahora la presencia femenina en la investigación es cada vez más destacada, más visible y con un mayor número de referentes. Pero persisten los desafíos: ellas son más en las carreras biomédicas, pero muchas menos en las ingenierías, matemáticas y física, donde sigue presente la brecha de género, y, sobre todo, los puestos de responsabilidad en las jefaturas de departamento, puestos de catedrático o dirección de centros siguen siendo ocupados mayoritariamente por los hombres en las distintas áreas de la ciencia. El cuello de botella persiste. Y existe también la amenaza de un retroceso que ponga en peligro lo conseguido durante muchos años de esfuerzo y de lucha por la igualdad.

Alba, quien admite que «mi madre siempre fue una inspiración y en mi casa siempre hubo mucha presencia de la ciencia», mantiene de momento el optimismo de la juventud. No tuvo que abrirse el camino por el tuvieron que luchar otras. «Creo que ahora -dice- tenemos más facilidades, en cuanto a que existe más igualdad en el acceso a becas o a la universidad, porque te juzgan en función de tus méritos, no porque seas chico o chica». Sin embargo, en su aún incipiente carrera también llegó a sentirse como una rara avis. Aunque al final se decantó por la biotecnología, una especialidad con gran presencia de mujeres, en bachillerato fue de las pocas que optó por las ciencias puras, con clases en las que «eran muchos más hombres que mujeres», al igual que en las Olimpiadas de Matemáticas en las que participó y donde «las chicas eran súper minoría».


En su corta experiencia también ha apreciado diferencias significativas en cómo hombres y mujeres encaran sus objetivos. «Ellos -explica- ven las careras de ciencias como una manera de alcanzar el éxito y de ganar sueldos altos, pero luego si les preguntas a ellas te dicen que quieren ser investigadoras porque les gustaría encontrar una cura para el cáncer o porque quieren curar a las personas». La empatía es otra y el estereotipo persiste: ellas son cuidadoras y ellos aspiran al estatus y el poder.

Hay otra diferencia más vinculada con la propia percepción personal que con los desafíos derivados de la brecha de género: la autoexigencia, también relacionada con el síndrome del impostor, más frecuente en las mujeres que en los hombres. Fue a lo que se tuvo que enfrentar su madre, Ángeles. «Creo -explica- que a las mujeres se nos exige más o, a lo mejor,somos nosotras las que nos autoexigimos. Por un lado, si eres madre sientes que no estás dedicando lo suficiente a tu familia, pero si te quedas en casa piensas que no dedicas lo suficiente al trabajo. Y a veces también pensaba: '¿Por qué me merezco estar donde estoy?'».. Es algo que también les ocurre ahora a muchas jóvenes y adolescentes, que dudan mucho más de sus capacidades que sus compañeros masculinos. Al margen de este sentimiento, Ángeles Pena cree que «por ser mujer he tenido menos oportunidades».

En todo caso, Ángeles admite que sí se ha avanzado mucho, pero también advierte de que hay que mantener permanentemente la guardia para no retroceder, porque la igualdad en ciencia, como en la sociedad, tampoco está asentada. Recuerda para demostrarlo un caso reciente, el ocurrido el pasado 7 de noviembre, el día en que nació Marie Curie y murió Margarita Salas, dos referentes absolutas de la ciencia femenina. Fue una efeméride que aprovechó para organizar una actividad en la que se visibilizaba a pioneras gallegas  como Tarsy Carballas, Manuela Barreiro o Antonia Ferrín. Entonces ocurrió lo inesperado. «Hubo un profesor que monopolizó el debate con ideas contrarias a estas actividades de visibilización de la mujer en ciencia. ¿Qué conclusión sacamos? Que sí sigue siendo necesario reivindicar el papel femenino en la investigación», explica», explica.

En otro contexto, Alba, su hija, empezó a sentir pronto el cuello de botella que impide a las mujeres científicas progresar hacia puestos de responsabilidad. Fue cuando el pasado verano fue seleccionada para participar en una estancia en el Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC), algo solo reservado para los mejores expedientes de toda España. «El director del centro es un hombre y la mayoría de los jefes de grupo también lo son. No es que me desanimara, porque yo también quiero ser como ellos, pero es difícil verte reflejada en el futuro cuando las figuras fundamentales siguen siendo ellos. Faltan referentes femeninos», relata.

La lucha sigue, aunque ambas son optimistas. O prefieren serlo porque también hay motivos para la preocupación por los cambios sociales en los que se advierte un cierto retroceso en las nuevas generaciones. Ambas tienen experiencias que no invitan al optimismo. «Cuando estaba en el instituto -apunta Alba- veías a los niños de primero de ESO que soltaban cosas que no tenían ningún sentido, con comentarios de que la mujer debería estar en la cocina, y no era una broma. Se están normalizando conductas en los más jóvenes que antes no se veían». Y Ángeles corrobora la apreciación: «Escuchas a chicos decir que ellas tienen más derechos que ellos y ves que se organizan cumpleaños para una niña de 8 años en peluquerías, y solo para niñas. A veces parece que vamos para atrás y da mucho miedo».