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La Voz en 1888: «El problema de grabar las conversaciones está resuelto por la ciencia moderna»

CON C DE CIENCIA Y CULTURA

Un grupo de curiosos admiran uno de los primeros artilugios patentados para reproducir grabaciones sonoras, a finales del XIX
Un grupo de curiosos admiran uno de los primeros artilugios patentados para reproducir grabaciones sonoras, a finales del XIX Fundación Telefónica

«El artilugio reproduce el timbre de la voz sin apenas alteraciones». En 1888 nuestro diario reseñaba las maravillas del fonógrafo de Edison, que pocos años atrás había patentado su modelo de teléfono. Hablar a distancia y grabar la conversación. A más de uno esta idea le provoca también estos días un sudor frío, aunque por distintos motivos. Ya lo avisaba el cronista: «El tiempo se encargara de enseñarnos el valor de este invento»

17 jun 2025 . Actualizado a las 12:13 h.

A finales del siglo XIX, el mundo se relamía al contemplar la cascada de avances tecnológicos que se presentaban en las afamadas exposiciones universales. Los conflictos humanos (nada hemos cambiado desde entonces, por lo que se ve) seguían resolviéndose a palo limpio, pero las nuevas creaciones transformaban ya la vida cotidiana a velocidad de vértigo. La misma que, según contaba el periódico, alcanzaba el automóvil eléctrico desarrollado por el ingeniero belga Camille Jenatzi.

Porque La Voz no era ajena a aquellos vientos del progreso que soplaban desde el norte y el otro lado del Atlántico: los distintos descubrimientos que se iban sucediendo eran reseñados con grandes espacios en las primeras páginas del diario, que en 1886 resumía así la vida moderna tras referirse a la cocina solar patentada por un tal Mr. Mouchet: «Todos los grandes inventos de los últimos tiempos, como la telegrafía eléctrica, el teléfono y el fonógrafo admiran a las gentes, que se convencen de su utilidad y conveniencia».

Gracias a la ciencia el viento estaba dejando de llevarse las palabras, como las que los acusados de una corruptela usaban esos días para desmarcarse de un asunto que los periódicos llevaban a sus titulares: la desaparición de dinero de la caja del madrileño Canal de Isabel II. La comunicación a distancia y el registro sonoro entraban en otra era y, con su fonógrafo, Edison se metía en el carril de adelantamiento de esta nueva época. Todo se sucedía tan rápido que las crónicas periodísticas previas caducaban en medio pestañeo. El glosógrafo, el melógrafo o el fonoautógrafo de Scott de Martinville se iban relevando en nuestras páginas en el protagonismo de una revolución en la que sonaban los acordes procedentes del gramófono de Emile Berliner.

Un modelo de gramófono de Edison que forma parte de las joyas de la colección del museo Fernando Blanco de Cee
Un modelo de gramófono de Edison que forma parte de las joyas de la colección del museo Fernando Blanco de Cee arquivo museo fernando blanco

Si pulsamos el botón de avance rápido en el archivo digital de La Voz, ante nuestros ojos irán pasando los procesos eléctricos de los años veinte que perfeccionaron la reproducción de los sonidos y que crearon, por ejemplo, una nueva industria musical; el tocadiscos doméstico, las primeras cintas magnéticas como las que registraron las conversaciones que acabaron con el escándalo Watergate y la presidencia de Nixon en EE.UU. (y que acuñaron el término «fontanero político») o la patente de Philips, en 1963, de los casetes compactos: «¡Funciona con un solo dedo!», se admiraba el periodista. Un antes y un después sin el que no se entenderían artilugios más recientes que figuran ya en nuestra memoria colectiva: el Walkman de Sony, el cedé, el MP3, Internet y la grabación digital que tanto disfrutan ahora unos y que tantos quebraderos de cabeza le está dando estos días a otros.

Pero accionemos el botón para regresar a La Voz de 1888, cuando comenzaban a popularizarse los modelos de teléfono patentados años antes, primero por Graham Bell y más tarde por Edison, y se presentaba al mundo el fonógrafo del mago de Menlo Park, ya en una versión perfeccionada. «El problema de consignar conversaciones humanas de tal modo que puedan ser repetidos por medios mecánicos cuantas veces se desea, está resuelto por la ciencia moderna», indicaba satisfecho nuestro diario antes de lanzar este eufórico epílogo: «Con estas facilidades, un soberano, un estadista o un historiador pueden grabar su palabras, cuya frescura podrá transmitirse al mundo».

En medio de tanto entusiasmo quizás no caía en la cuenta el cronista de que hay grabaciones cuyos sonidos pueden provocar, hoy mismo, auténtica indignación.

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