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Un español colidera la misión francesa para revisar los bidones radiactivos arrojados al mar frente a la costa de Galicia

Pablo González
pablo gonzález REDACCIÓN / LA VOZ

CON C DE CIENCIA Y CULTURA

El francés Patrick Chardon y el español Javier Escartín lideran la misión científica que busca los bidones radiactivos.
El francés Patrick Chardon y el español Javier Escartín lideran la misión científica que busca los bidones radiactivos.

Veinte años después de la última toma de muestras superficial, a partir de este lunes un equipo científico analizará en profundidad los efectos de los residuos nucleares en la llanura abisal

25 jun 2025 . Actualizado a las 19:44 h.

Tal vez las generaciones más jóvenes desconozcan lo que sucedía con los residuos de la incipiente industria nuclear en la segunda mitad del siglo XX. No se sabía muy bien cómo gestionar los restos radiactivos que se generaban, existía una relevante e incipiente sensibilización social sobre los riesgos y la opción que eligieron buena parte de los países europeos fue depositar los residuos en bidones y arrojarlos al mar, burlando a los buques ecologistas —principalmente la flota de Greenpeace— que trataban de impedir las operaciones, a menudo con riesgo para la vida de los activistas. El resultado fue que, entre 1950 y 1990, más de 220.000 bidones con residuos radiactivos se sumergieron en las llanuras abisales del Atlántico Nororiental, a profundidades de entre 3.000 y 5.000 metros.

La última expedición para comprobar el efecto de la basura nuclear en el océano Atlántico se organizó en el 2005, con el patrocinio del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA), pero fue una toma de muestras superficial que arrojó los mismos resultados que las misiones previas: niveles bajos de radiactividad que, en teoría, se diluirían antes de llegar a la costa. Después de que en el 2023 la UE se negara a liderar una inspección a fondo para comprobar el estado de los recipientes, este lunes embarcará en el puerto de Brest (Bretaña francesa) un equipo multidisciplinar de científicos que realizará una revisión en profundidad de los residuos depositados en la llanura abisal, en una zona donde se arrojaron los barriles entre 1977 y 1982.

La expedición, que se realizará con los medios de la Flota Oceanográfica Francesa (FOF), está coliderada por un científico español, Javier Escartín (Huesca, 1967), un geólogo marino del Laboratorio de Geología de la Escuela Normal Superior de París. El otro responsable de la misión científica es el francés Patrick Chardon, del Laboratorio de Física de la Universidad de Clermont Auvergne. Ambos comenzaron a plantearse la posibilidad de esta expedición en el 2020, en plena pandemia. Y ahora se hará realidad bajo la coordinación del CSIC galo, el Centre National de la Recherche Scientifique. «Lo increíble es que estuvimos desarrollando el proyecto por internet y no nos conocimos hasta el año pasado», explica por teléfono a La Voz días antes de irse a la mar a bordo del buque oceanográfico. Luego vino la búsqueda de medios, de colaboradores y de financiación para poner en marcha el denominado proyecto Nodssum (siglas en inglés de North-East Atlantic Dumpsite Site Survey Using Mapping and Monitoring), que cuenta con el apoyo del programa Prime Radiocean, destinado a analizar el impacto de los residuos radiactivos.

 

Robot submarino Uly X
Robot submarino Uly X

A ambos les mueve un desafío científico sin precedentes, «pero no puedo negar que en mi caso hay también una fuerte motivación ecologista», explica Javier Escartín, que reivindica que este proyecto es puramente científico, sin tutelas de estamentos políticos o administrativos, pese a contar con medios públicos franceses como el buque oceanográfico L' Atalante y del robot submarino Uly X, capaz de sumergirse a 6.000 metros de profundidad mediante control remoto, un elemento técnico clave en esta misión.

No van a recuperar ningún bidón para analizar en mayor profundidad su estado y su contenido, en buena medida por los rígidos protocolos de seguridad que han elaborado para evitar cualquier tipo de contaminación radiactiva en el barco y entre la tripulación, compuesta por un equipo interdisciplinar de veinte científicos. «Recuperar un bidón no sería una muestra estadística representativa de lo que hay en los fondos marinos. Habría que analizar unos mil para comprobar qué tipo de residuos llevan y su resistencia a la corrosión», explicaba Javier Escartín a La Voz este miércoles, mientras ultimaban los preparativos para partir desde el puerto de Brest, una salida prevista para este lunes por la mañana, a las 8.00 horas.

Aunque siempre se aseguró que la mayoría de los residuos eran de radiactividad baja o media, pues contenían principalmente desechos de laboratorio y de manipulación de material radiactivo, en aquellos años no se aplicaban las políticas de transparencia que están en vigor hoy en día, por lo que hay un cierto grado de incertidumbre. «En realidad no sabemos lo que nos podemos encontrar. No podemos descartar la posibilidad de que haya restos con radiactividad alta», argumenta Escartín, de ahí la rigidez de los protocolos y la distancia prudencial a la que actuarán con los restos.

Esta primera campaña durará un mes, y la segunda está programada para el año que viene, con una fecha aún por determinar, pues dependen de la disponibilidad de los medios oceanográficos franceses. Javier Escartín se ocupará principalmente de mapear los fondos marinos y de fijar la distribución de los bidones, gracias al sonar de alta resolución que incorpora el robot submarino, que actuará a una distancia de unos 70 metros sobre el fondo abisal. «Elegimos esta zona por seguridad. Al estar lejos de la dorsal atlántica no hay volcanes ni fallas que puedan complicar las operaciones», explica el científico español.

La otra vertiente de la investigación es analizar el efecto de los radionucleidos sobre ecosistema, para lo que se tomarán muestras de agua, sedimentos y de fauna, aunque esta parte se desarrollará más en la segunda fase de la misión científica.

No hay dudas de que los bidones serán perfectamente visibles, pues la sedimentación en aguas profundas es muy lenta. «Lo que llamamos nieve marina es imposible que haya podido ocultar los bidones. Estamos hablando de un depósito de sedimentos de un milímetro de espesor cada mil años», constata Javier Escartín.