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La tecnología arrincona a los científicos tramposos que engordan sus currículos

Juan Ventura Lado Alvela
j. v. lado REDACCIÓN / LA VOZ

CON C DE CIENCIA Y CULTURA

María Pedreda

Una aplicación detecta artículos sospechosos, como los de Rafael Luque

11 jun 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

«Los científicos tramposos son una minoría, pero existen», como dice el catedrático de Salud Pública de la USC Alberto Ruano, que, junto a otros colegas investigadores, ha publicado varios trabajos sobre todo el catálogo de trampas y disfunciones que se producen en torno a las publicaciones científicas. Unos atropellos contra los que cada vez hay más herramientas tecnológicas gracias a sistemas como Argos, de la empresa británica Scitility PBC, cofundada por el ingeniero de software andaluz Antonio José Molina. Su aplicación, sobre todo por la capacidad que tiene de cruzar datos de fuentes de todo el mundo, facilita la detección de casos como el del químico Rafael Luque Álvarez de Sotomayor.

A este profesor de Química Orgánica, la Universidad de Córdoba lo suspendió en el 2022 de empleo y sueldo durante 13 años porque, aunque tenía contrato de exclusividad, firmaba sus trabajos a nombre de universidades de Arabia Saudí o Rusia, entre otros muchos países que se sabe que pagan por esta visibilidad. Llegó a publicar prácticamente un estudio al día hasta convertirse en uno de los científicos más citados del mundo. Ahora, tal como se puede comprobar en el buscador de Argos, once de estos artículos ya han sido retirados y las sospechas se extienden a decenas de trabajos suyos o, mejor dicho, en los que aparece su nombre.

El caso no es único. En España el más llamativo lo protagonizó el rector de la Universidad de Salamanca, José Manuel Corchado, que también pasaba por ser uno de los informáticos más citados del mundo hasta que el Comité Español de Ética de la Investigación concluyó que su currículo fue objeto de una «manipulación sistemática» para falsear sus logros con aplicaciones de inteligencia artificial.

Pero más que en ejemplos concretos, que por sangrantes y llamativos no dejan de ser minoritarios, Alberto Ruano considera que hay que poner el foco en el sistema que permite o incluso promueve estas prácticas. Para el investigador se trata de «un problema multifacético» con un fallo de base: «la valoración del currículo más por la cantidad que por la calidad».

A partir de ahí surgen lo que se conoce como «revistas depredadoras», que viven de cobrarles a los autores por publicar y que permiten, tal como señala Ruano, la salida a la luz de «muchos artículos sin valor científico». Luego vienen «las instituciones científicas que hacen la vista gorda» que —denuncia el investigador— «ponen mucho énfasis en cómo se gastan los fondos, pero no auditan dónde y cómo se está publicando». A eso hay que sumarle que «las revistas tardan mucho tiempo en admitir que se la han colado», que no existen oficinas de ética e investigación realmente efectivas, como sí ocurre en Estados Unidos, y sistemas que «fomentan la autocita». Por eso, aunque ahora hay programas de detección de plagio y copia, Ruano cree que «siempre irán por detrás de la técnica de publicar artículos fraudulentos».

Evitarlo es la razón de ser de la empresa de la aplicación de Antonio José Molina, que ofrece sus recursos gratis a investigadores y periodistas con la idea de vendérselos, mediante una suscripción de pago, a instituciones científicas o fundaciones que financian la investigación. De hecho, han preparado la plataforma para que las editoriales científicas puedan integrarla en sus propios sistemas y hacer las comprobaciones antes de publicar.

Solo el 0,19 %

Argos evalúa todo lo publicado desde el año 2014 por más de cien millones de autores y analiza más de un centenar de billones de combinaciones entre ellos, por lo que Molina quiere lanzar «un mensaje de optimismo». Entiende que «ahora sí hay una tecnología para la monitorización de este fraude». Eso sí, aclara: «Nosotros decimos si [un artículo] es buena o mala ciencia. No hacemos ningún tipo de juicio». Su sistema funciona en base a las relaciones, algo así como «dime con quien andas y te diré quién eres». Como explica Molina, solo el 0,19 % de los científicos están ligados a un artículo que tuvo que ser retirado. De ellos, el 95 % solo se han encontrado con esta situación una o dos veces en su carrera y no necesariamente por un fraude. Por eso, que te retiren cinco ya te sitúa en un top mundial del que forman parte menos del 1 % de estos autores. «Que te retracten once, como en el caso de Rafael Luque, te pone en el top del 0,1 %», dice este ingeniero informático que basa su sistema en una «combinación de evidencias». Por ejemplo, si un autor publica con otro implicado en fraude salta la alerta y se marca como de alto riesgo. Además, no solo analizan la autoría, sino las referencias, de tal forma que si un artículo incluye citas de otros cuatro que ya han sido retirados, también alimenta la sospecha. Y ya tienen algún estudio preliminar que dice que los trabajos marcados de alto riesgo tienen 79 veces más posibilidades de ser retirados.

El fraude va desde el covid-19 hasta las células madre 

La forma de fraude más común, como explica Alberto Ruano, es lo que se conoce como la «venta de autoría». Esto son redes que funcionan a través de grupos de mensajería en programas como Telegram en los que se compran y se venden logros científicos. Por un precio determinado uno puede aparecer en un artículo —incluso como primer autor— del que no tiene la más mínima idea. Pero las opciones son múltiples y los ejemplos recopilados a lo largo del mundo, sangrantes.

Uno de los casos más llamativos es el del microbiólogo francés Didier Raoult, que tiene atribuidas más de 2.300 publicaciones científicas. Aunque en el 2006 la Sociedad Americana de Microbiología ya lo había inhabilitado para publicar, en el 2008 la revista Nature lo clasificó como «uno de los diez principales investigadores franceses». En el 2020 todavía volvió a saltar a la palestra prometiendo la curación del covid con hidroxicloroquina.

Entre 1998 y el 2001, la científica de materiales alemana Hendrik Schön publicó más de 80 artículos en revistas prestigiosas. Una investigación certificó que había manipulado al menos 16. Se tuvo que retractar de muchos de ellos y retiró varias solicitudes de patentes.

En el 2005, el coreano Woo Suk Hwang afirmó que había creado líneas de células madre embrionarias mediante clonación. Sus publicaciones en Science fueron retiradas e incluso fue condenado por malversación de fondos.

También con células madre logró engañar la japonesa Haruko Obakata a la revista Nature, pero sus descubrimientos eran en realidad imágenes manipuladas y datos falsos que le valieron una condena por mala conducta.