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«No es una idea descabellada que un español gane otro Premio Nobel de Medicina»

Álvaro soto MADRID / COLPISA

CON C DE CIENCIA Y CULTURA

José Ramón Ladra

Santiago Ramón y Cajal Agüeras asegura que ser el sobrino-bisnieto de la mayor figura de la ciencia española le supuso «un lastre durante mucho tiempo»

26 nov 2024 . Actualizado a las 05:00 h.

La Real Academia Nacional de Medicina acaba de celebrar la Semana Cajal para homenajear a Santiago Ramón y Cajal, premio Nobel de Medicina en 1906 por sus trabajos sobre el sistema nervioso. Su sobrino-bisnieto, el académico de Anatomía Patológica y jefe de Anatomía Patológica del Hospital Vall d'Hebron de Barcelona Santiago Ramón y Cajal Agüeras, fue el encargado de coordinar el encuentro.

—¿Llevar el nombre de su tío-bisabuelo le ha ayudado en la vida o ha sido un lastre?

— Durante mucho tiempo ha sido un lastre. Recuerdo que desde los cinco años, cuando me llevaron al colegio, sentía la obligación de ser el mejor de la clase porque si no, no merecía mis apellidos. Siempre fui de los primeros en la carrera y en el MIR, creía que tenía que estudiar más que los demás para que no pensaran que lo que conseguía me lo regalaban. Cuando me fui a Estados Unidos, la presión fue menor y me liberé, y el hecho de que allí también me fuera bien me dio confianza. Pero no puedes hacer el idiota porque con este apellido se acuerdan de lo bueno, pero sobre todo, de lo malo.

—¿A dónde se remonta el vínculo de su familia con la medicina?

—Todo empezó con Justo Ramón, padre de Santiago y de mi bisabuelo Pedro. La de Justo Ramón es una historia ejemplar de esfuerzo, tenacidad y al final, de éxito. Nació en una familia campesina humilde en la Res, al norte de Huesca, pero no fue el hijo mayor, y por eso no iba a heredar las pocas tierras que tenía su padre. Parecía que su futuro era el de trabajar como mancebo, pero por razones que no están muy claras, tenía una gran vocación por la medicina.

—¿Y cómo se las arregló para hacer la carrera?

—Trabajó hasta los 22 años en una barbería y a esa edad y con el dinero ahorrado se marchó a Zaragoza a cursar la primera parte de los estudios universitarios. No tenía financiación familiar y trabajó mientras estudiaba. Desafortunadamente, en aquella época se suspendió la carrera en Zaragoza, pero su empeño era continuar con Medicina, y entonces tuvo que ir a Barcelona, caminando la primera vez. Tenía una memoria prodigiosa, sacó sobresaliente en todo y logró un título que podría ser equivalente a un cirujano de segunda o un enfermero. Con esa titulación encontró trabajo en Res, luego en Petilla de Aragón, donde nació su hijo Santiago, luego realizó un periplo por varios pueblos de Aragón y posteriormente, terminó los cursos de Medicina que le faltaban en Madrid y Valencia.

—¿Confiaba en su hijo?

—Justo Ramón fue una persona de una tenacidad impresionante, una gran capacidad intelectual y una persistencia a prueba de fuego. Más tarde confió mucho en sus hijos, aunque Santiago era muy travieso y los profesores no daban un duro por él. Su padre, se fue a Zaragoza como profesor de Anatomía para controlarle, y ahí contagió a Santiago su amor por la anatomía.

—¿La sociedad española valora la ciencia?

—Se valora poco. En la época de Ramón y Cajal se decía: «Que investiguen otros». Los medios de comunicación no hablan de ciencia, sino de política, corrupción, folclóricas o influencers. A Cajal se le conoce porque en cada ciudad hay una calle o un hospital con su nombre, pero muy poca gente sabe lo que representó. a

—Tras Ramón y Cajal y Severo Ochoa, ¿puede haber otro Nobel científico español?

—Tenemos investigadores de primerísima línea, como Izpisúa y Serrano. Mariano Barbacid lo pudo conseguir en su momento. No es una idea descabellada que un español logre el Nobel de Medicina. Pero necesitamos ayuda de las administraciones y de la opinión pública, necesitamos colaboración para que haya más «cajalitos».

—¿Qué pensaría su tío-bisabuelo de las aplicaciones de la inteligencia artificial en la medicina?

—Se sumaría al carro, es una oportunidad para avanzar en todo. No creo que la inteligencia artificial vaya a acabar con la profesión. En el caso de la enfermería, seguro que no, porque hay que estar con el paciente, ponerle la medicación o tomarle las constantes. Y en el de los médicos, el algoritmo nos va a ayudar mucho en el diagnóstico con datos bioquímicos, moleculares, de imagen, nos dará un diagnóstico diferencial y hasta opciones de tratamiento, pero alguien tomará las decisiones y estará con los pacientes, y ese es el médico.

—Usted es patólogo, una especialidad desconocida.

—No se nos conoce porque no hablamos con los pacientes, pero nos encargamos del diagnóstico de las lesiones y los tumores, el pilar básico para un diagnóstico correcto. Es el médico que está detrás y da la información a los cirujanos, a los neumólogos... Si no existiéramos, no habría diagnósticos.