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«Mi hijo murió por el fentanilo en uno de los mejores momentos de su vida»

Juan Ventura Lado Alvela
j. v. lado REDACCIÓN / LA VOZ

CON C DE CIENCIA Y CULTURA

La doctora Rabadán, con su hijo menor, Alex, y su marido, Mike, junto a Jonathan (a la derecha con corbata roja), el hijo mayor del matrimonio al que sus padres encontraron muerto en su habitación con 28 años en abril del 2019 cuando después de más de diez años enganchado a las drogas había conseguido un trabajo y estaba dando pasos importantes para su recuperación.
La doctora Rabadán, con su hijo menor, Alex, y su marido, Mike, junto a Jonathan (a la derecha con corbata roja), el hijo mayor del matrimonio al que sus padres encontraron muerto en su habitación con 28 años en abril del 2019 cuando después de más de diez años enganchado a las drogas había conseguido un trabajo y estaba dando pasos importantes para su recuperación.

La científica le pone cara al drama que afecta cada año a 100.000 familias

08 oct 2023 . Actualizado a las 20:57 h.

La española Cristina Rabadán-Diehl, instalada en Estados Unidos desde 1985, tiene dos hijos, aunque a Jonathan, el mayor, lo matase el fentanilo hace cuatro años, porque como ella dice «a un hijo siempre lo tienes contigo aunque lo pierdas». La historia de esta mujer —licenciada en Farmacia, doctora en Biología Molecular, especialista en Salud Pública, investigadora de varias universidades y con más de 30 años de experiencia gestionando presupuestos de cientos de millones de dólares en distintas agencias del Gobierno de Estados Unidos— es la de otras 100.000 familias, las que cada año pierden a alguien en el país norteamericano a causa de una droga que se ha convertido en epidemia.

—¿En qué medida la propia estructura del sistema sanitario de Estados Unidos facilita que se haya llegado hasta aquí?

—El sistema sanitario en EE.UU. no es universal y la cobertura sanitaria está en manos de la industria privada y de los estados, en lugar del Gobierno central. De ahí que la industria farmacéutica y las aseguradoras tengan tanto poder. Existen millones de personas en EE.UU. que no tienen seguro médico o que lo tienen pero con copagos muy altos por prestaciones o medicamentos que incluso no están cubiertos por sus seguros.

—¿Por qué la gente recurre a la automedicación?

—La automedicación no es un problema solo de EE.UU. En España también es muy común. Es cierto, sin embargo, que los altos costes de los medicamentos aquí y la falta de una cobertura sanitaria óptima hacen que muchos pacientes intenten buscar medicamentos por otras vías. Véase familiares, otros países, mercado ilegal, etc.

—¿Qué responsabilidad tienen Purdue Pharma y Mundipharma con el OxyContin?

—Estas farmacéuticas conocían el gran poder adictivo de OxyContin pero lo ocultaron. Hoy en día les están demandando y las sanciones económicas que les están imponiendo en acuerdos legales están resultando en muchos millones de dólares que pagan las farmacéuticas. Ese dinero en gran parte se está distribuyendo a los gobiernos estatales para que se invierta en programas relacionados con prevención y tratamiento de opioides.

—¿Cuál es el perfil de las personas enganchadas, son esas imágenes que vemos de las calles de Filadelfia o Nueva York?

—No, el perfil que vemos en esas ciudades y en otras es el de personas que están con una dependencia de opioides y adicción muy avanzadas. La adicción es una enfermedad y como tal tiene estadios. Hay millones de personas que la sufren y muchos de ellos llevan vidas comunes de manera que mantienen trabajos, tienen vida social, familiar y, por lo general, lo ocultan debido al estigma. Esta enfermedad puede ocurrir en cualquier capa de la sociedad, a cualquier edad y en cualquier entorno. Es una enfermedad que no discrimina.

—¿Por qué familias con un nivel educativo alto como la suya pueden ser también víctimas?

—Porque es una enfermedad que no discrimina; como el cáncer, el asma, la diabetes y otras. El trastorno de abuso de sustancias es una enfermedad y no una falta de carácter o educación. Hay medidas preventivas como en otras enfermedades y, al igual también, hay tratamiento, aunque todavía no haya cura.

—¿Cómo se gestionan las adicciones dentro de una familia?

—La adicción es como un asesino silencioso que se desliza en el ámbito familiar por lo general lentamente y apenas se hace notar, como la hipertensión. La familia con frecuencia justifica cambios de comportamiento leves, argumentando que son malas rachas o incluso se entra en negación de que pueda estar ocurriendo, en parte por el estigma y el miedo.

—¿Cuántas veces pensó que podía salir y cuántas que todo iba a acabar mal?

—Hubo algunas veces que temimos que acabara mal, pero mi hijo era muy familiar y muy resiliente y siempre remontaba. También es cierto que no teníamos conciencia de la magnitud del problema ni del sufrimiento que el llevaba en silencio hasta casi al final, pero sus ganas de superarse a si mismo y su lucha personal hacían que se reincorporara a una dinámica familiar y laboral normal tras una mala racha.

—¿Culpa usted a su hijo o ha sido capaz de asimilar que se trata de una enfermedad y no una elección libre?

—A ninguna persona se le culpa por tener una enfermedad y mucho menos una como esta. Nadie escoge estar enfermo y mucho menos escoge tener una enfermedad que te destruye la vida y la de los tuyos. Al contrario, no solo no le culpo sino que le admiro, porque luchó contra esta enfermedad con todas sus fuerzas, pese a que sufrió mucho en silencio. Luchó por seguir siendo él y preservar los valores humanos que le caracterizaban, por seguir siendo el hombre familiar y generoso que siempre fue.

—¿Sospecha que él ni siquiera sabía que había fentanilo en lo que tomó ese día?

—No lo sospecho, lo sé. Habíamos hablado mucho de eso pero él pensaba que eso —lo de la adulteración con fentanilo— no le iba a pasar a él, porque sabía dónde comprar, aunque nos aseguraba que no consumía a menudo. Mi hijo murió en uno de los mejores momentos de su vida. Estaba lleno de sueños y planes para el futuro. Pensamos que la presión del nuevo trabajo le debió crear ansiedad y ello hizo que recayera. Las recaídas son frecuentes en los pacientes que tienen adicción. En su caso, trágicamente, lo que tomó estaba adulterado con fentanilo y lo mató al instante. Fue, sin duda alguna, un accidente.

—¿Qué papel cree que deben jugar las madres y las familias de las víctimas a la hora de concienciar a la sociedad?

—El de humanizar esta enfermedad. Ponerle cara a es muy importante. Tenemos que romper el estigma de que esto es una falta de carácter y que esto les pasa a otros y no a nosotros. Es importante que la sociedad se dé cuenta de que nuestros seres queridos no son diferentes de los suyos. Su aspecto, su manera de vivir, de ser y estar no es diferente a la de nadie. Son personas normales que tienen una enfermedad. El problema es que la mayoría de las madres o familiares no hablan porque el dolor es indescriptible, pero también está el temor de que juzguen a nuestros seres queridos o a nosotros mismos. Yo no tengo ese temor y aunque mi dolor es inmenso, mi amor por mi hijo está por encima de todo. Soy consciente que tenemos un gran problema mundial y lo que quiero es ayudar para encontrar soluciones. Aunque se nos muera un hijo, el amor hacia él perdura, pero está atrapado sin saber adonde ir. El ayudar a los demás y ser una voz es mi manera de canalizar el amor que le tengo a Jonathan.

—¿En qué actividades y colectivos participa usted?

—No solo soy madre, sino que soy científica y he trabajado en muchos entornos, incluyendo investigación, sanidad y política de salud, así que ahora soy asesora técnica en este tema tanto en EE.UU. como internacionalmente. También trabajo con la sociedad civil y organizaciones comunitarias, al igual que en grupos de apoyo para madres que han perdido un ser querido por sobredosis.

—¿Cree que es posible acabar con el fentanilo a través de políticas de mano dura?

—Creo que el tema es muy complejo y que se requiere una estrategia multisectorial y una coordinación entre múltiples actores.

—¿Qué se puede hacer para reducir o paliar los daños?

—Hay que, a través de la educación, concienciar a la gente, a la sociedad en general, de que la adicción es una enfermedad. Empoderarlas para que se rompa el estigma y pidan ayuda. Que se trate a esos pacientes con mucha compasión y empatía y que se desarrollen estrategias coordinadas de detección y respuesta temprana. Lo mismo que estamos trabajando en los sistemas de prevención, detección y respuesta de enfermedades infecciosas para evitar pandemias como la del covid-19, la epidemia del fentanilo ya esta en nuestras calles y en nuestras casas y hay que mirarla de frente y movilizarnos para combatirla.