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María Martinón-Torres: «La ansiedad es el precio a pagar por un cerebro capaz de resolver problemas»

Tamara Montero
Tamara Montero SANTIAGO / LA VOZ

CON C DE CIENCIA Y CULTURA

«Estar agobiado es un incordio, pero evolutivamente tiene más posibilidades de sobrevivir una especie que se preocupa», dice la directora del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana, que dice que «nuestra especie se juega mucho en la adolescencia»

23 mar 2023 . Actualizado a las 15:47 h.

«Cuentan conmigo para que sea jurado, pero en realidad creo que la que va a aprender soy yo». María Martinón-Torres (Ourense, 1974), directora del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana y catedrática honoraria del departamento de antropología de la University College of London, será la presidenta del jurado de la quinta edición del premio Stephen Hawking de investigación científica, que convoca el IES Rosalía de Castro de Santiago y para el que se han recibido 40 trabajos de ocho centros gallegos de secundaria. 

—Subraya que hay un tándem entre juventud e innovación.

—La adolescencia, a pesar de las dificultades que entraña para el adolescente y todos los que lo acompañan por ser una etapa de mucha revolución de comportamiento, emocional y de todo tipo, es una una etapa importantísima para el aprendizaje, la creatividad y la innovación. Nuestra especie se juega muchas cosas en la adolescencia. En principio solo estamos seguros de que la tiene nuestra especie. El cerebro humano, que es tan grande, tarda mucho en madurar. Realmente un cerebro no acaba su maduración hasta bien pasada la veintena y en algunos casos casi entrada la treintena. Es un cerebro en algunos aspectos puede parecer que está, entre comillas, inacabado, pero también es fascinante porque significa que es un cerebro con una flexibilidad y una capacidad de aprendizaje enorme hasta muy tarde.

La adolescencia es un período que se da un recableado intenso de las conexiones neuronales, que es lo que se llama la poda sináptica. El cerebro está atravesando una tormenta de remodelación que trae sus dificultades para convivir con él, pero también es casi como una segunda oportunidad para el cerebro. Una segunda oportunidad para aprender, para adecuarse a ese mundo de adulto y sobre todo para la innovación, algo que para nuestra especie es importantísimo. A fin de cuentas, la adolescencia es la consciencia despierta de la sociedad. A pesar de todo lo desesperante que pueda ser, vamos a tener siempre una parte de nuestra población que cuestionará lo que otros hicieron y propondrá maneras nuevas de ver las cosas. Ese cerebro, además, tiene la oportunidad muy tarde, cuando finalmente se va a hacer adulto, de adaptar todavía sus circuitos neuronales, sus emociones y su personalidad al mundo que ahora conocen y que no es el mismo mundo que tenían como niños. Aunque es difícil de comprender y puede ser un período complicado, es un período de muchísimas ventajas evolutivas y adaptativas para una especie creativa como la nuestra. 

—¿Solo el homo sapiens es adolescente?

—Es un tema que es muy difícil de estudiar en el registro fósil, porque tenemos que trabajar con individuos de diferentes edades, inmaduros y ver cómo es el desarrollo del esqueleto respecto al desarrollo dental, si hay estirón o no lo hay. Sabemos que nuestra especie la tiene. No está claro que la tengan los neandertales y desde luego si la tuvieron fue un período muy corto y no tenemos evidencia de que la hayan tenido otras especies anteriores. En ese sentido sería un aspecto singular. La nuestra es una especie de mucho éxito que sale adelante jugando con fuego, haciéndonos inmaduros hasta mucho más tarde. ¿Por qué salimos adelante? Porque a pesar de esa vulnerabilidad biológica, de esa fragilidad mantenida hasta tan tarde, incluyendo esa tormenta de la adolescencia, nos tenemos unos a los otros. Es un salto pero con red, con la red de la familia y de los amigos. 

—La cito a usted: «Somos una especie que evolucionó para cooperar»

—Exactamente. Es una especie que ha aumentado muchísimo los períodos en los que es vulnerable y dependiente: tenemos una infancia, una niñez larguísima y después tenemos una adolescencia. Nos hacemos adultos muy tarde y ese cerebro, a pesar de que ya está en un cuerpo de adulto, aún no está acabado. Si lo pensamos desde el punto de vista evolutivo parece una temeridad, cómo salir adelante haciéndonos complicados y aumentando nuestra vulnerabilidad. Lo hacemos porque nos lo podemos permitir, porque no estamos solos, porque contamos con la red del apoyo y la cooperación de la familia y del grupo. Porque establecemos además relaciones muy próximas, muy importantes y relevantes en el día a día fuera del ámbito familiar. A nuestras crías nos las cuidan y nos las educan gente incluso a la que no conoces, lo que se llama cuidado aloparental. Hemos establecido una red de confianza en el prójimo fundamental para nuestro estilo de vida. Por mucho que se hable mal de la sociedad actualmente vivir como homo sapiens significa vivir con unas dosis monumentales de fe ciega el prójimo en el día a día: desde que vas a un médico te subes al avión, desde que educan a tus hijos personas a las que no conoces.

—Decía Margaret Mead que el primer signo de civilización es un fémur fracturado y sanado. 

—Uno de los ámbitos en que me gustan de la evolución humana es el estudio de la paleopatología, la evolución de la salud y la enfermedad de poblaciones que ya se han extinguido y precisamente incide en: cuando encontramos en el registro fósil signos de enfermedad, paradójicamente lo que estamos viendo son los intentos del cuerpo de regenerarse, de luchar contra el peligro, contra la infección. Aunque se pudiera pensar en que la enfermedad nos está haciendo dando un relato sobre la vulnerabilidad o la debilidad, en realidad nos está hablando de todo lo contrario. Cuando se encuentran signos de enfermedad en el registro fósil, lo que se está poniendo de relieve es una historia de supervivencia individual, porque para poder tener esos signos de enfermedad, es decir, para poder mostrar una cicatriz, necesitas haber sobrevivido a esa afrenta. Lo que vemos es es ejército de supervivientes que llevan en sus huesos las marcas de las penurias, de los esfuerzos en las dificultades. Por una parte es una historia la fortaleza individual, del que ha conseguido superar durante un tiempo determinado una afrenta o un problema como para que haya quedado una de esas marcas en su cuerpo. Por eso hay que saber abrazar las cicatrices, porque son también parte de nuestra propia historia. 

Por otra parte, es interesante porque también nos puede hablar de una historia de fortaleza social, porque muchas veces estas patologías son incapacitantes y si ese individuo, cuanto más severa sea esa discapacidad ha sobrevivido, significa probablemente que ha recibido el apoyo y el cuidado del grupo. En el momento en el que empiezan a aparecer esas patologías y esas supervivencia a pesar de las patologías,  desde el momento en el que no dejamos atrás al que es vulnerable, al que tiene una dificultad, al que necesita ayuda, es ahí, en nuestras cicatrices, donde se lee la cooperación y la empatía de la especie sapiens. 

 —Pero la enfermedad siempre queda oculta. Hablamos de los éxitos, pero no de quienes se quedaron por el camino y nos han hecho sobrevivir como especie. 

—Desde el punto de vista científico para conocer a una especie realmente lo que nos importa es conocerla en acción, y eso es cuando vemos cuáles son sus problemas o cómo se enfrentan a ellos. A la gente la conocemos en acción, la conocemos en las distancias cortas, pues a las especies también. Es curioso que tradicionalmente en la paleoantropología parece que hemos hablado siempre en las diferentes especies de un modo de vida de un modo de vida idealizado, en un estado que no es el de la vida real. Incluso nuestra especie, que no tenemos duda de que desde el punto de vista biológico es una especie con un éxito enorme, convive día a día con la ansiedad, con los problemas, con el alzhéimer, con la pandemia que acabamos de vivir. Eso es parte de nuestra historia, y abrazando esas cicatrices nos conoceremos mejor y podremos anticipar los problemas. 

—Se me ocurre la pandemia que acabamos de pasar como ejemplo.

 —Conocer el pasado nos prepara para el futuro y precisamente el ejemplo de la pandemia es uno muy interesante, porque lo acabamos de vivir. Nos enfrentamos a él con total perplejidad y sorpresa porque era la primera vez que recordábamos enfrentarnos a algo así. Dio un mazazo a ese orgullo sapiens que se creía invencible y que éramos los reyes del planeta. Era toda una novedad para nuestra civilización, pero si hubiéramos mirado lo suficientemente atrás, veríamos que las pandemias y las enfermedades infecciosas que pueden alcanzar este carácter endémico llevan acompañando a nuestra especie desde que empezó a tener éxito reproductivo y empezó a establecerse en grupos y en ciudades. Las pandemias son la consecuencia de las civilizaciones. Desde el momento en el que somos muchos, que empieza a irnos bien como especie, se favorece una de las premisas principales para una enfermedad de carácter epidémico que es el contagio. Somos muchos y muy móviles. Somos soldados reclutados involuntariamente para cumplir la misión del virus de de propagarse. Y las prácticas de domesticación y de ganadería que establece una proximidad con los animales favorece la aparición de nuevos patógenos o variantes que puedan afectar a los humanos. La mayoría de las enfermedades emergentes son zoonosis. 

Todos estos avances que nos han permitido establecernos de manera sedentaria y crear civilizaciones tienen su otra cara de la moneda. Vivir es un equilibrio. Equilibrio entre una serie de ventajas que tienen también sus desventajas. Nos hemos asentado en grandes núcleos poblacionales, pero trae consigo ese pequeño efecto secundario, que es una mayor vulnerabilidad de las enfermedades.

—¿Enfermamos porque hemos creado un mundo que va en contra de nosotros mismos, de nuestra biología?

 —Muchas enfermedades que tenemos ponen de relieve un desajuste entre nuestra biología y un estilo de vida y un mundo que es completamente diferente de aquel en el que se originaron nuestras características y para el que sí estábamos adaptados. Nosotros teníamos una serie de características físicas, metabólicas, inmunológicas, que surgieron en un contexto determinado y que  nos permitieron adaptarnos. A través de la tecnología somos capaces de transformar radicalmente ese estilo de vida y esos ambientes. Hemos cambiado desde la alimentación a nuestra movilidad, la exposición a patógenos diferentes o nuevos... Y nuestra biología se queda un poquito desfasada. El mundo y la tecnología cambian a un ritmo muchísimo más rápido del que nuestra biología es capaz de adaptarse. 

A una especie se la conoce mejor en la enfermedad. Podemos saber cómo es, por ejemplo, tratando de analizar cuáles son las principales causas de muerte. En nuestra especie, a día de hoy, nos encontramos con que curiosamente nos morimos de cuadros que en principio son prevenibles y evitables. Son en su mayoría accidentes cardiovasculares, cardiopatías isquémicas, infartos...Todos ellos son cuadros en su gran mayoría relacionados con un desacople entre nuestra biología y nuestro metabolismo y un estilo de vida sedentario y de excesos alimenticios que no es para lo que nosotros estábamos optimizados. La biología necesita otros tiempos. Hay que pensar que no se puede jugar y pretender ganar a todo. Nuestra especie gana en muchas cosas, pero en otras tiene que pagar, pues unos aranceles. 

Por ejemplo, uno de los grandes éxitos es que somos una especie muy longeva. Todos lo interpretamos como un éxito, pero vivir más años trae consigo también la posibilidad de padecer cuadros que probablemente nuestros ancestros en la sima de los huesos de Atapuerca no los sufrían porque se morían antes de llegar a padecerlos: un gran número de cánceres, enfermedades neurodegenerativas y demencias y como alzhéimer o párkinson. Eso son los efectos secundarios que puede entrañar el éxito de nuestra especie.

—¿Hay enfermedades modernas que tienen como explicación la evolución? Me explico: se habla siempre de que los cuadros de ansiedad tiene un origen en un sistema de alerta de carácter evolutivo, que se activa cuando no existe un estímulo externo.

—El de la salud mental es un tema complejísimo porque estaríamos abarcando muchísimos cuadros muy diferentes. Sí que es verdad que en general la ansiedad es un precio a pagar por un cerebro que está sobredimensionado y cuya principal utilidad es su capacidad de anticipar y resolver problemas. Claro, anticipar problemas es un fastidio, pero es una ventaja. A veces vemos problemas donde no los hay, pero donde podría haberlos. Eso, a nivel evolutivo y de supervivencia es una ventaja. Estar agobiado es un incordio para el que tiene que sufrirlo, pero evolutivamente tiene más posibilidades de sobrevivir una especie que se preocupa que una que vive despreocupada. Un cerebro tan grande como el nuestro es un órgano que a veces se pasa de rosca y ese análisis pormenorizado de la realidad nos lleva a veces a que nos veamos desbordados.

Que hay hoy en día muchos problemas de ansiedad no nos cabe duda. Que hay cuadros de ansiedad, de trastornos del ánimo, depresión, trastornos de la atención, que están asociados a cocientes intelectuales altos, hay estudios que lo prueban. Es un poco la maldición de ser listo. Individualmente sufrimos enfermedades, pero la selección natural no las acaba de eliminar porque el impacto negativo sobre la supervivencia de la especie no está. Nos toca a nosotros lidiar con esa angustia y con ese sufrimiento, pero en realidad a la especie no le viene mal. 

—¿Hay más ansiedad ahora?

—No lo sabemos. Faltarían esos estudios prospectivos que pueden decir si realmente en el pasado estaban menos estresados que nosotros ahora. Probablemente sea un tipo de diferente de estrés y las preocupaciones sean otras, pero tampoco creo que el pleistoceno fuera precisamente un período relajado. 

 —Hacía referencia antes a que la longevidad trae enfermedades como el cáncer o el alzhéimer.

 —La salud y la enfermedad son asuntos de los humanos, no de la selección natural. Me refiero a que todos aquellos cuadros que afectan principalmente al período post reproductivo a la selección natural no le importan porque no van a afectar al éxito reproductivo de la especie. Una enfermedad mortal en los primeros años de vida llevaría a la especie a la extinción, eso sería una verdadera diana en la que la selección natural afina, pero todos aquellos cuadros que están asociados a edades avanzadas se quedan colgando fuera de la diana de la selección natural y nos toca lidiar con ellas.

—Se habla mucho del invierno demográfico y del retraso en la edad para reproducirse. ¿Podría haber un impacto evolutivo?

—Lo veo complicado precisamente por nuestra grandísima diversidad de patrones de reproductivos. En el pasado de patrón reproductivo era más uniforme, como el que podíamos ver en poblaciones cazadoras-recolectoras que tienen una edad reproductiva y van teniendo hijos durante todo ese período. Ahora nos encontramos con que hay mujeres que no tienen ninguno, mujeres que tienen varios, mujeres que los tienen temprano, mujeres que los tienen tarde. Cada país tiene unos problemas diferentes con la natalidad, y en Europa lo vemos, tenemos poblaciones muy envejecidas, pero a nivel global nuestra especie no tiene en absoluto un problema de natalidad. Incluso cuando tienes hijos tarde, con técnicas de reproducción asistida, puedes hacer que salgan adelante hijos que en otros períodos no. En la fotografía global, la población mundial no está disminuyendo

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