Seguro que para muchos de los lectores la guía telefónica ha sido un elemento cotidiano durante un buen pedazo de vida. La guía telefónica tiene un cierto parentesco con la libretilla de hule negro y el «listín», guaridas todas dónde se atesoraban los contactos más íntimos y necesarios. La guía telefónica aparecía en el descansillo cada año sin haberla pedido ni tener que pagar nada por ella, y como aquellos «caballeros solventes» de las pensiones de antes, era digna de un respeto, a mayores de lo útil que resultaba cuando la gente vivía en el mismo sitio toda la vida y era fácil de localizar.
Estando en Nueva York me entretenía buscando en la guía telefónica algún antepasado localizable, cuando advertí que la guía telefónica de allí se cambiaba cada mes debido a la movilidad de la gente. Hoy ya no es que cambiemos la guía cada mes, es que ha desaparecido de nuestras vidas como el listín o la libretilla negra. Todo está guardado en el imprescindible móvil, hasta hace poco reteníamos en la cabeza un buen puñado de números de emergencia, ahora, apuesto que no los contamos con los dedos de las manos.
Uno siente a veces añoranzas de estas cosas caducadas convertidas en pasto de rastros y decoración de alternativos. La guía telefónica era un miembro más de la familia de objetos que duran toda la vida en la memoria y que nadie agredía, únicamente algún forzudo de feria capaz de partirla con las manos en televisión y aquellos prodigiosos tontos de salón que se exhibían mostrando su capacidad para memorizarla entera.
La guía es el arcano de las TIC. La primera guía telefónica fue publicada en 1878 en New Haven, estado de Connecticut (EE.UU.) y tenía solo 50 nombres. Moito cambiou o conto.
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