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LOS CIENTÍFICOS se quejan con frecuencia de que los políticos no los comprenden o no valoran su labor. En unas recientes declaraciones a La Vanguardia, el francés de origen argelino Claude Cohen-Tannoudji, Premio Nobel de Física en 1997, decía que «la ciencia es un ejercicio de humildad que a los políticos les cuesta entender», y añadía que no se pueden programar los descubrimientos por legislaturas, simplemente porque ni el universo ni la ciencia son programables. El punto de partida, según él, debe ser el contrario: admitir que «los grandes avances de la ciencia no son consecuencia de la ambición política programada sino fruto de la curiosidad de los científicos ejercida en libertad y sin calendario». Pero hay algo muy importante que los gobernantes sí pueden hacer por la ciencia: «crear mecas de investigación, focos de conocimiento que compitan y cooperen al tiempo». Si se hiciese así, los europeos «pronto podríamos competir y mejorar a la ciencia de EE.UU.» Se trata de algo preferente. La ciencia es el territorio de un desafío intenso (intelectual, político, económico y social) en el que se mide nuestro futuro. Todos (y sobre todo los políticos) deberíamos saberlo, y actuar en consecuencia. Cuanto antes.