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Quince años después del 15M, la vivienda es el centro de la indignación ciudadana

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Asamblea del movimiento 15M en la Puerta del Sol de Madrid, en una imagen de archivo.
Asamblea del movimiento 15M en la Puerta del Sol de Madrid, en una imagen de archivo. BENITO ORDOÑEZ

El voto de protesta está siendo capitalizado ahora por la ultraderecha

15 may 2026 . Actualizado a las 21:22 h.

«Lo llaman democracia y no lo es»; «Que no, que no, que no nos representan»; «Sin casa, sin curro, sin pensión, sin miedo»; «No es una crisis, es una estafa», «No somos mercancía de políticos y banqueros», «PSOE, PP, la misma mierda es». Estos fueron algunos de los lemas más significativos que, hace 15 años, los indignados corearon o escribieron en pancartas y carteles en las plazas y calles de España. ¿Qué queda de aquel movimiento que revolucionó la política y la sociedad españolas? En primer lugar, «hizo saltar por los aires el sistema de bipartidismo imperfecto vigente en el país desde la Transición», como señala la politóloga Cristina Monge, coautora de Tras la indignación. El 15M: miradas desde el presente (Gedisa). Pero, paradójicamente, en las elecciones de diciembre del 2011, el PP, con Mariano Rajoy al frente, obtuvo mayoría absoluta. Los efectos llegaron más tarde, con el surgimiento de partidos que querían representar la «nueva política» y la «regeneración democrática» que simbolizó el 15M. Sobre todo, Podemos, que trató de coger la antorcha e irrumpió con fuerza tres años después, dando la gran sorpresa en las elecciones europeas. Pero también Ciudadanos, que pretendió hacer lo mismo desde el centro, aunque acabó pactando con la derecha. Podemos ha perdido mucha fuerza; Ciudadanos ha desaparecido. Ni Pablo Iglesias ni Albert Rivera están ya en la política. Hemos pasado del bipartidismo imperfecto (que entonces acaparaba más del 80 % de los votos) a un tripartidismo asimétrico, con la ultraderecha de Vox como tercera pata y una izquierda en claro retroceso. PP y PSOE solo lograron el 65 % de los sufragios en el 2023.

El caldo de cultivo de la revuelta ciudadana fue la profunda crisis económica del 2008, con un paro que superaba el 22 % (casi el 50 % en los jóvenes), junto al aumento de los desahucios, que alcanzaron un récord histórico, los severos recortes de los servicios públicos, la corrupción galopante y el hartazgo de la política tradicional. Quince años después, sin duda, la carestía de la vivienda es, como corrobora el CIS, el gran problema no resuelto en estos 15 años. Los jóvenes, y los que no lo son tanto, por ejemplo, los que rondaban los 20 o 25 años el 15M, tienen casi imposible comprar y muy difícil alquilar. La historiadora Julia Ramírez-Blanco, autora de 15M: el tiempo de las plazas (Alianza), asegura que «la mayor parte de las demandas del 15M siguen sobre la mesa: hay insatisfacción, pero ahora la canaliza el populismo de derechas». El santiagués Fabio Gándara, fundador de Democracia Real Ya, que impulsó las protestas en Madrid, cree que es necesario un «15M de la vivienda, hay motivos de sobra», que debería ir más allá de los enfrentamientos partidarios. Una opinión compartida por otros de los que acamparon en la Puerta del Sol. Guillermo Fernández, profesor de Ciencia Política en la Carlos III que también participó en el 15M, aboga por una nueva «movilización rupturista», en la que la vivienda sea el catalizador transversal del descontento.

En el décimo aniversario, Gándara ya mostraba su decepción con los resultados del 15M, especialmente, dice, porque «nosotros abogábamos por trabajar juntos en un proyecto común, la apertura, la colaboración y el diálogo, y eso se está perdiendo, estamos yendo a una mayor polarización y enfrentamiento». Su decepción ha ido en aumento, por el creciente individualismo, la exacerbación de la crispación o la estigmatización de los inmigrantes. Además, la generación que ha crecido tras el 15M es más de derechas y menos feminista que hace años, según las encuestas. La derecha y la extrema derecha están en alza y superan claramente al bloque progresista. Parafraseando el lema que empleaba la izquierda, «el miedo ha cambiado de bando», podríamos decir que ahora es el cabreo el que ha cambiado de bando.

Muchos de los problemas que denunció persisten, y algunos se han agravado

«Muchos de los problemas de fondo que señaló el 15M siguen ahí. La falta de democracia interna de los partidos, la transparencia y rendición de cuentas de la política en general, la desorganización de la sociedad civil, la desafección ciudadana, el papel de las organizaciones sociales o la función de los agentes de mediación siguen siendo retos pendientes que avanzan a ritmo desigual». Este es el análisis que hacía Cristina Monge cuando se cumplían diez años del 15M. «Su resolución no es sencilla, y mucho menos en tiempos complejos, de incertidumbre», señalaba. Los problemas que detectaba la politóloga persisten ahora, al igual que la corrupción, la desigualdad o la vivienda, cuya carestía ya denunciaban entonces los indignados, pero que ha empeorado significativamente. Además, ahora hay más polarización y crispación que nunca, y el populismo de ultraderecha está en auge. Quince años después, Monge, que acaba de publicar Contra el descontento (Paidós), asegura que «el 15M no cumplió todos sus objetivos, pero fue un punto de inflexión y logró canalizar la indignación a través de Podemos y Ciudadanos. El problema es que ahora la está recogiendo una extrema derecha que no busca mejorar la democracia, sino erosionarla. Y, mientras, da la sensación de que los políticos están a sus cosas y no en las de todos».