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Elon Musk contra OpenAI: el juicio que puede cambiar el futuro de la inteligencia artificial

P. V. REDACCIÓN

ACTUALIDAD

El logo de OpenAI frente a una fotografía de Elon Musk
El logo de OpenAI frente a una fotografía de Elon Musk Dado Ruvic | REUTERS

El dueño de Tesla pretende demostrar que Sam Altman y Greg Brockman urdieron desde el principio un plan para enriquecerse a través de una organización sin ánimo de lucro

01 may 2026 . Actualizado a las 12:14 h.

De amigos y aliados estratégicos a enemigos enfrentados en uno de los casos más mediáticos del momento. Elon Musk y Sam Altman eran colaboradores cercanos allá por el 2015, cuando participaron en el nacimiento de OpenAI. Pero ahora, y precisamente por eso, se enfrentan en uno de los mayores juicios del año. Uno que puede tener consecuencias de gran impacto no solo para la compañía demandada, sino para el futuro de la industria de la inteligencia artificial y de esta tecnología en su conjunto. 

El caso

El juicio, que dio comienzo el martes en el tribunal federal de Oakland, en California, y cuya duración se alargará unas tres semanas, hunde sus raíces en el año 2024, cuando Elon Musk presentó su caso contra OpenAI y su principal socio e inversor, Microsoft por incumplimiento de deber fiduciario, publicidad engañosa y prácticas comerciales desleales.

El dueño de Tesla fue uno de los cofundadores de la empresa de inteligencia artificial y su mayor donante inicial, al aportar alrededor de 38 millones de dólares para ayudar a la fundación de la compañía sin ánimo de lucro. Además, asegura que fue a él a quien se le ocurrió la idea, el nombre, reclutó a la mayoría de la gente destacada, movió los hilos para conseguir la capacidad de computación adecuada, les enseñó todo lo que necesitaban saber y les proporcionó los fondos iniciales. Musk, que formó parte de la ejecutiva, dejó la compañía en el 2018, cuando la alianza y amistad con el resto de responsables se fracturó. 

Entre los demandados están otros dos de los fundadores de OpenAI, que actualmente ocupan puestos destacados en su organización: Greg Brockman, el responsable inicial de la parte técnica y actual presidente, y el mencionado Sam Altman, actual director ejecutivo.

Qué alega Elon Musk

En su versión de la historia, Musk se remite a la época fundacional de la empresa para plantear un escenario en el que se presenta a sí mismo como el gran abanderado del altruismo y de la lucha en favor de la humanidad. «Una historia de manual sobre el altruismo frente a la codicia», afirmó el hombre más rico del mundo con una grandilocuencia que lo acompañó en todo su alegato inicial. Según su relato, cuando él y Altman se reunieron en un hotel de Palo Alto en el 2015 para gestar lo que luego sería OpenAI, a ambos les movía una gran preocupación por el peligroso potencial de la inteligencia artificial en caso de caer en malas manos. Google era por aquel entonces su gran némesis común. La solución que se les ocurrió fue fundar una compañía sin ánimo de lucro para crear una tecnología de IA en código abierto y libre que tuviera por objetivo «el bien de la humanidad» y que contase con las mentes más brillantes del sector.

Ese bien común fue el que lo llevó a invertir esa cantidad inicial para arrancar la compañía. De haber sabido que en algún momento iba a convertirse en una empresa destinada al beneficio económico, argumenta en su caso, jamás habría donado tal cantidad de dinero. «No se diseñó como un vehículo para que alguna gente se hiciese rica», asegura.

La alianza entre Musk, Brockman y Altman siguió hasta que, según denuncia ahora el dueño de Tesla, empezó a ver que los demandados empezaron a volverse avariciosos, y buscaron financiación de grandes empresas. Concretamente, de Microsoft, que invirtió 10.000 millones de dólares en enero del 2023. Con eso, la idea inicial, la de luchar desde una organización sin ánimo de lucro contra las grandes corporaciones, se había deturpado por completo.

Y, por eso, Musk salió de la organización y los acusa ahora de transformar una organización sin ánimo de lucro en «una máquina de generar riqueza», según palabras de su abogado, Steven Molo, que identifica dos fases en este proceso: la primera, cuando en el 2019 se creó una filial con beneficios limitados, y la segunda, con una reestructuración completa para convertirse en lo que se conoce como una «corporación de beneficio público», actualmente valorada en 852.000 dólares y con el plan de salir a bolsa a finales de año.

Qué dice OpenAI

La empresa demandada pinta una historia completamente diferente. Asegura que Musk actúa movido por la envidia y por el deseo de eliminar a un competidor directo.

Uno de los abogados de OpenAI, William Savitt, asegura que si Musk financió el arranque de OpenAI es porque, desde el primer momento, lo vio como un vehículo perfecto para enriquecerse. Añade, además, que desde un primer momento presinó para que se convirtieran en una empresa que buscase beneficio económico. Y no solo eso. Según la defensa, también propuso fusionarla con Tesla. Su objetivo, dicen, era evidente: llegar a ser el director ejecutivo de la empresa. «Musk quería las llaves del reino», subraya. Y, al ver que le eran negadas, salió de la organización y fundó su propio negocio de inteligencia artificial, xAI, que forma ahora mismo parte de SpaceX.

Y es aquí cuando llega el segundo punto, ya que creen que, además de la envidia y el rencor contra los actuales líderes de OpenAI por negarle lo que le habría correspondido por derecho, el otro motor de la causa de Musk es eliminar a un competidor directo del mercado en la carrera por la inteligencia artificial. «Lo único que le importa es estar por encima del resto», valora Savitt. Musk lo niega tajantemente, argumentando que xAI se sitúa a mucha distancia de sus rivales.

Además, en la cuestión que se juzga, la de mutar de una organización sin ánimo de lucro a otra lucrativa, algo que empezaron a diseñar en el 2019, OpenAI se escuda a que supone una estrategia natural y esencial de cara a conseguir sus objetivos y seguir siendo competitiva con respecto al resto de laboratorios de IA. Argumentan que es la única forma de poder adquirir mayor potencia de computación o pagar salarios elevados a los mejores científicos.

Qué pide Musk

Ante su demanda por incumplimiento de contrato, incumplimiento de deber fiduciario, publicidad engañosa y prácticas comerciales desleales, Elon Musk propone remediarlo con tres medidas. Una va a lo personal, y pide que Sam Altman y Greg Brockman, a quienes acusa de traición hacia él y hacia la idea fundacional, salgan de sus posiciones ejecutivas en OpenAI. Además, solicita que se revierta la estructura de la empresa a una organización sin ánimo de lucro. Por último, le pide una compensación de 134.000 millones de dólares por daños que se destinarían a la parte de la corporación sin ánimo de lucro.

Además, también acusa a Microsoft de «ayudar e instigar» a OpenAI en su conducta y, como responsable, pide que responda también por una parte de los daños causados.

OpenAI, en la encrucijada

Todo esto llega en un momento delicado para OpenAI, apenas unas semanas después de una investigación publicada por The New Yorker en la que se describía a Sam Altman como un «mentiroso patológico», y lo demostraba con relatos de primera mano que mostraban un patrón consistente de una difuminación de la línea entre la realidad y la especulación, la interpretación sesgada, la distorsión de hechos o la concentración de poder.  Además, denunciaban que, a pesar de que en público Altman abogaba por la seguridad en la IA, en privado priorizaba su beneficio personal por encima de los intereses de la compañía y el público, y usaba retórica apocalíptica para afianzar su posición.

Los críticos internos apuntan a que el giro de OpenAI hacia el modelo de empresa con beneficios fue uno de esos ejemplos de la conducta engañosa que sigue Altman, sobre todo teniendo en cuenta que siempre identificaron la empresa como una forma de afrontar las preocupaciones de que la inteligencia artificial podría convertirse en una de las invenciones más peligrosas de la historia.

Todo este cambio se aceleró con la entrada de Microsoft como principal inversora y socio estratégico. Dario Amodei, de la compañía rival Anthropic, criticó que con ese acuerdo, Altman había insertado una serie de cláusulas que contradecían los compromisos originales de OpenAI. 

A todo esto se añaden las ambiciones geopolíticas de Altman, con su proyecto Stargate, que planea construir una infraestructura masiva de IA de varios billones de dólares de coste, y la búsqueda de financiación de países como Arabia Saudí o Emiratos Árabes Unidos.

También ha apostado por el uso militar de la IA, entrando al servicio del Pentágono después de que Anthropic se negase a relajar sus restricciones al respecto.

Quién lo juzga

Aunque será un jurado de nueve miembros quien decide quién gana, será la jueza Yvonne Gonzalez Rogers, quien determine las medidas que se toman. Es un aspecto importante, ya que, mientras los miembros del jurado tienen prohibido seguir el caso a través de los medios, esta limitación no se aplica a los jueces. Y, en un caso de este calibre, que enfrenta nada menos que al hombre más rico del mundo con una de las empresas punteras en la carrera de la IA, la presión hacia el juez es enorme.

Si se determina que Greg Brockman contaba, en secreto, con ganar miles de millones de dólares al convertir OpenAI en una empresa con ánimo de lucro mucho antes de que se llevase a cabo la conversión, y si tanto él como Sam Altman mantuvieron esa intención al margen del consejo directivo de la compañía o de donantes como Elon Musk, podría suponer el fin de los actuales líderes de la compañía. También si se demuestra que la firma se presentó ante la sociedad y ante sus donantes iniciales como una organización sin ánimo de lucro con la misión de servir a la humanidad, y el jurado considera que llevaron a cabo un elaborado engaño que les permitió robar la organización benéfica para luego generar con eso de 7.000 millones de dólares en beneficios para Microsoft y otros inversores.

Las posibles consecuencias

Si Musk gana, las consecuencias serían significativas. Altman y Brockman podrían acabar fuera de la compañía, y el plan de salida a bolsa de OpenAI descarrilaría casi con total seguridad. Prevista para finales de año, y con una valoración de 1 billón de dólares, los inversores de la última ronda de financiación podrían reclamar la devolución de su capital. Además, sentaría un precedente de cara a que los laboratorios de IA fundados originalmente como organizaciones benéficas pudieran convertirse legalmente en empresas comerciales, al menos en el estado de California. Tendría consecuencias para Anthropic y otros competidores.

La derrota de Musk no supondría tampoco cerrar por completo el asunto. El juicio ya ha abierto las salas de juntas, normalmente herméticas, de Silicon Valley, y ha sacado a la luz conversaciones internas, diarios y memorandos de recursos humanos que han dibujado un retrato poco favorable a la gestión actual de OpenAI.

Además, el propio Musk ha puesto el foco en la IA como posible amenaza. Una tecnología de increíble potencial, muy poderosa, que está siendo controlada y construida por un pequeño grupo de gurús tecnológicos movidos en gran medida por los egos y la megalomanía más que por el bien común.