Radiografía de un magnicida frustrado

Miguel Murado EL MUNDO ENTRE LÍNEAS

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Cole Tomas Allen, tras su detención en el hotel Wilton.
Cole Tomas Allen, tras su detención en el hotel Wilton. DONALD J TRUMP via Truth Social | REUTERS

28 abr 2026 . Actualizado a las 12:38 h.

Minutos antes del intento de atentado contra Donald Trump en el Washington Hilton, Cole Thomas Allen envió a sus familiares y amigos un manifiesto en el que explicaba lo que pensaba hacer y por qué. Generalmente, estos textos suelen ser confusas rumiaciones salpicadas de distintos corta y pega de internet. En este caso, el manifiesto tiene algún interés. No porque contenga nada interesante en sí, sino porque es transparente respecto al perfil del magnicida frustrado. Está escrito en un estilo casi trivial, pretendidamente irónico («pido perdón a mis padres por decirles que iba a una entrevista, sin aclararles que era para los más buscados»), pero enseguida se mezcla con la megalomanía de alguien que se ve llamado a remediar él solo los males del mundo. Incluso llega a pedir perdón a «todos los que han sufrido» antes de que él se decidiese a llevar a cabo su acción.

Trump, que conoció el manifiesto antes de que se difundiese públicamente, se apresuró a decir que era «anticristiano». No lo es. Allen perteneció a asociaciones religiosas, habla de su iglesia, se plantea las objeciones al asesinato que le podrían hacer como creyente, y que él resuelve con una teología hecha a medida. Otra posible objeción que se le ocurre es su raza. Al ser en parte blanco, se pregunta si no será demasiado privilegiado para llevar a cabo este atentado, que debería emprender quizá alguien más marginado que él. La parte final del texto consiste en una serie de «reglas» que el atacante se impone a sí mismo acerca de a quién disparar según las circunstancias. Curiosamente, parecen comandos en la programación de un videojuego. Allen diseñaba sus propios videojuegos, algunos de los cuales llegó a comercializar de manera independiente. En el Instituto de Tecnología de California, donde estudió, jugaba con otros estudiantes a dispararse con escopetas de juguete.

Nada de todo esto prefigura a un asesino. La inmensa mayoría de las personas que piensan o hacen algunas de esas cosas, o todas ellas, no llegan a causar nunca daño a nadie. Pero una vez que alguien intenta lo que ha intentado Cole Thomas Allen, todo esto adquiere retrospectivamente un sentido: narcisismo moral, teorías de la conspiración, una preocupación quizás genuina por los desfavorecidos, la justificación de la violencia contra los que se identifica arbitrariamente como culpables, la confusión entre el mundo virtual y el real… Es un resumen de algunos de los rasgos más extremos de la cultura radical milenial que alcanzó su apoteosis en las protestas y disturbios del 2020. El trumpismo, con sus propios excesos, nació en paralelo, a la vez causa y consecuencia de aquella ola política y cultural. Desde entonces, uno y otro se retroalimentan sin parar, justificando su agresividad siempre como una respuesta, haciendo una lectura selectiva de los distintos episodios de violencia política que se dan en la sociedad norteamericana. Ambos son parte de un ciclo que, como todas las modas políticas extremas, se irá agotando en su momento, pero que por ahora está aún lejos de apagarse.