Pocas veces una noticia habrá ido a buscar de manera tan decidida a la prensa. El gran salón de baile del Hotel Hilton de Washington D.C. estaba a rebosar de periodistas, entre ellos muchas de las figuras más destacadas de la profesión. Donald Trump iba a dirigirse a ellos en la tradicional cena de corresponsales de la Casa Blanca cuando un tirador intentó irrumpir para, según él mismo reconoció luego a la policía, matar al presidente o a otros miembros de su administración. En medio del caos de platos rotos y sillas volcadas, algunos de los informadores empezaron a dictar crónicas desde debajo de las mesas. Debió de apoderarse de muchos de ellos un sentimiento de déjà vu, de algo repetido. Porque el Hotel Washington Hilton fue donde sufrió un atentado Ronald Reagan en 1981, porque la seguridad presidencial volvió a fallar, porque entre los presentes estaba la viuda del asesinado Charlie Kirk, y sobre todo porque este es el tercer intento serio contra la vida de Trump en dos años, sin contar otras tentativas que se abortaron antes de llegar a este punto. En ese momento, frente al hotel había un piquete de manifestantes pacíficos, pero una de las pancartas decía Matadlos a todos. Casi sucede.
De los 45 presidentes que ha tenido Estados Unidos, cuatro han muerto en atentados. Es una cifra inusualmente alta para una democracia, pero no única (en España también han sido asesinados cuatro jefes de gobierno). Se pueden señalar algunos factores que, sin explicarla, facilitan esta recurrencia del magnicidio en la política norteamericana: el acceso a las armas; la mitificación de la figura del presidente, que tiende a concentrar en él todas las esperanzas y todos los odios… Hoy se habla sobre todo de la polarización. El problema con ese diagnóstico es que suele ser poco útil, porque casi todo el mundo se resiste a reconocer su propio papel en esa polarización y se la atribuye por completo al bando contrario. Pero las dos cosas son ciertas, y probablemente inseparables: por una parte, Trump es agresivo y provocador, y por otra parte existe un discurso de odio constante contra él. He aquí una verdad incómoda: la violencia política tiende a la simetría.
Por otra parte, la polarización está en la misma esencia de la democracia norteamericana ya desde su carácter binario (republicanos contra demócratas). Es solo en determinados momentos históricos que esa polarización se convierte en violencia política. Sucedió en la década de 1960 y 1970, y vuelve a suceder ahora. ¿Por qué? De nuevo, hay muchas explicaciones, quizás demasiadas, como para dar una respuesta simple: la pandemia, que introdujo un elemento apocalíptico en ciertos círculos; el auge de las redes sociales, que exacerban los discursos políticos y acostumbran a sus usuarios a la mentalidad del linchamiento; la ideología woke, que ha radicalizado a sectores del espectro político hasta entonces pacíficos… Incluso podría tener algo que ver algo tan difuso como el narcisismo característico de nuestros tiempos, con su obsesión por la fama y el fetichismo de la experiencia única. Pero las argumentaciones sociológicas, siendo más o menos útiles a la hora de describir una sociedad, no resultan tan satisfactorias cuando se trata de actos individuales, extremos e infrecuentes como un magnicidio. Precisamente, lo que se iba sabiendo ayer del francotirador del Hilton apuntaba a un perfil ambiguo ya muy conocido: el lobo solitario que se mueve en la borrosa frontera entre el activismo y el trastorno. La polarización no es lo que crea a esta clase de personajes, pero sí puede ser lo que los activa para cometer su crimen.
De lo que no hay duda es de que, cualquiera que sea el origen de esta violencia, muestras espectaculares de esta, como un atentado contra un presidente, no hacen sino incrementarla. Un atentado hace más probable el siguiente, y los llamamientos a reducir la agresividad en el discurso público raramente suenan del todo sinceros y nunca son muy duraderos. Es un hecho que la violencia política, medida por el número de amenazas a cargos públicos, no ha dejado de aumentar en Estados Unidos en los últimos años, y no hay ninguna razón para sospechar que la tendencia vaya a invertirse. En cuanto al efecto que pueda tener en Donald Trump, existe el precedente del atentado, más grave, que sufrió en julio del 2024. Aquel episodio obró en él una transformación evidente que se expresó en un tono mesiánico que era nuevo y que no le ha abandonado. Se da la circunstancia de que en el momento en el que se escucharon los disparos, Donald Trump estaba hablando con un famoso mentalista invitado al acto. Quizás él sepa lo que se le pasó por la cabeza al presidente.
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