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La esperanza de Casey: un esófago cultivado en laboratorio que podría cambiar la vida de miles de niños con atresia

Raúl Romar García
R. Romar LA VOZ

ACTUALIDAD

GOSH

El tejido artificial, implantado con éxito en ocho cerdos, ofrece esperanza a los pequeños que nacen con el conducto alimentario ausente

20 mar 2026 . Actualizado a las 17:07 h.

Casey McIntyre es un niño de 2 años muy vivaz y alegre. Nadie diría que ha necesitado varias operaciones para sobrevivir en su corta vida. Nació con 11 centímetros de esófago de menos, una malformación congénita grave, conocida como atresia, en la que el conducto que une la boca con el estómago no se desarrolla correctamente. En su caso, el tramo largo de la interrupción hacía imposible una reparación simple. Su madre, Claire, recuerda la angustia de los primeros meses: «Pasó mucho tiempo en el hospital, con tubos y operaciones. No podía comer, no podía tragar... era devastador verlo así». Su caso y el de otros niños como él ha servido de inspiración para los investigadores del Great Ormond Hospital de Londres (GOSH) que, junto a otros equipos, han logrado un avance histórico en medicina regenerativa: el primer esófago cultivado en laboratorio capaz de reemplazar con éxito una sección completa del órgano y restaurar su función normal en un organismo en crecimiento. El procedimiento, realizado con éxito en ocho cerdos, consiste en la eliminación de las células del órgano de un donante, la repoblación con las propias células del receptor y su implantación posterior. Si esta tecnología se adapta para su uso en humanos, podría servir de ayuda en el tratamiento de recién nacidos o niños que nacen con atresia de esófago. Si la investigación avanza como se espera, este tejido artificial podría ser la esperanza para los niños que nacen con el conducto alimentario ausente

El estudio, publicado en Nature Biotechnology, detalla una estrategia pionera que utiliza un andamio de esófago porcino descelularizado —una estructura biológica a la que se le han extraído todas las células originales para evitar el rechazo— que es posteriormente repoblada mediante la microinyección de células madre (fibroblastos y precursores musculares) del propio receptor. Esta técnica permite que el nuevo órgano sea reconocido por el cuerpo como tejido propio, eliminando la necesidad de tratamientos con inmunosupresores, que suelen ser obligatorios y agresivos en los trasplantes convencionales.

La clave del éxito de este nuevo injerto reside en su paso por un biorreactor, un dispositivo que entrena al tejido antes del implante, induciendo un fenotipo capaz de generar nuevos vasos sanguíneos y prepararse para condiciones de bajo oxígeno. A diferencia de intentos anteriores, que a menudo derivaban en estrechamientos o rigidez, este enfoque coordinado permitió que los cerdos incluidos en el experimento mantuvieran una alimentación oral normal y un crecimiento constante. Los análisis realizados a los seis meses confirmaron una recuperación funcional sin precedentes: el esófago artificial no solo se integró con el sistema nervioso y vascular del animal, sino que demostró tener peristalsis secundaria, es decir, la capacidad muscular de contraerse rítmicamente para empujar el alimento hacia el estómago.

Este avance tiene un potencial transformador para la cirugía pediátrica, especialmente para tratar a recién nacidos con atresia de esófago de tramo largo, una malformación congénita donde el órgano no llega a conectarse y el hueco es demasiado grande para una reparación simple. Actualmente, los cirujanos deben recurrir a técnicas complejas como desplazar el estómago o el colon del niño para fabricar un sustituto, lo que conlleva una alta morbilidad a largo plazo. La posibilidad de crear un injerto personalizado, que crezca de forma dinámica con el paciente y recupere el movimiento muscular, supone una solución definitiva para una necesidad clínica que hasta ahora no estaba satisfecha, marcando el inicio de una era donde los órganos dañados podrán ser reparados con la propia biología del paciente.

Casey McIntyre es muy probable que no necesite un esófago artificial, porque la última operación que le hicieron, pese a su enorme complejidad, funcionó, pero su padre Sean, de 35 años, confía en que el procedimiento desarrollado por los médicos que atendieron a su hijo sirva para otros. «La idea de que se pueda realizar una operación al principio de la vida de un niño, que permita trasplantar un fragmento funcional de esófago, y que luego podamos seguir adelante, sería un cambio radical», dijo.

La angustia que vivió el pequeño londinense la relata su madre Silviya, de 38 años. «Le hicimos varias ecografías antes de nacer, así que sabíamos que tenía problemas con el esófago, pero aun así fue muy preocupante descubrir que nació con 11 cm de esófago faltantes. Le han hecho una operación tras otra porque simplemente no podíamos cerrar el hueco con su propio tejido. Después de que nos derivaran al GOSH, tuvimos la mejor opción en ese momento: levantarle el estómago para cerrar el hueco, pero ha sido un camino largo y todavía tiene una sonda de alimentación mientras desarrolla su capacidad de tragar». Otros niños quizás tengan más suerte dentro de unos años con el esófago artificial.

La historia de Casey es la de miles de niños que, hasta ahora, dependían de cirugías agresivas para sobrevivir, como desplazar el estómago o usar parte del colon para fabricar un esófago sustituto. Estas intervenciones, aunque salvan vidas, conllevan una alta morbilidad y complicaciones crónicas. Ahora tienen una esperanza.

Paolo de Coppi, catedrático de Cirugía Pediátrica del NIHR y Nuffield en el Instituto de Salud Infantil Great Ormond Street y responsable del equipo de investigación, explica que «el esófago es un órgano muy complejo, sin irrigación sanguínea propia, por lo que no se puede trasplantar como cabría esperar. Para desarrollar alternativas, es fundamental trabajar con modelos animales que reflejen fielmente la anatomía y la función humanas». Por este motivo eligieron como modelo al cerdo, «que se asemeja mucho al humo». Coppi explica que, pese al éxito obtenido, todavía se necesitará más trabajo para mejorar la técnica. En todo caso, se muestra optimista: «Esperamos -dice- poder ofrecer con éxito una alternativa de tejido artificial a los niños que la necesitan urgentemente en un plazo de cinco años»

Marco Pellegrini, codirector del estudio, afirmó avanzó en este aspecto que «nuestra tecnología podría permitirnos construir un nuevo esófago para un niño, utilizando sus propias células, recogidas en una cirugía a la que se someterá de todos modos, combinadas con un andamio prefabricado a partir de tejido porcino. Dado que el injerto contiene las propias células progenitoras musculares del niño, sería reconocido como su propio tejido». Y, lo que es más importante: «Esto significa que podría crecer con ellos con el tiempo, sin riesgo de rechazo y sin necesidad de inmunosupresión a largo plazo».

La doctora Natalie Durkin, residente de cirugía pediátrica y autora principal del estudio, declaró, por su parte, que «tras la implantación exitosa, nuestros injertos crecieron, maduraron y comenzaron a funcionar como tejido nativo. Cada uno de estos pasos representa un hito clave para poder ofrecer esta opción de tratamiento viable para niños en un futuro próximo».

Sin embargo, y pese al avance logrado, los científicos apelan a la cautela. Dusko Ilic, catedrático de Ciencia de las Células Madre del King's College de Londres, ha advertido en una reacción recogida por SMC España sobre las limitaciones del hallazgo. Ha destacado que «el estudio supone un avance significativo en el desarrollo de sustitutos funcionales para órganos huecos complejos, lo que permite que el campo vaya más allá de la reconstrucción estructural y avance hacia la integración funcional», pero ha advertido que la sugerencia de que este enfoque ofrece una solución para los niños que nacen sin esófago «es prematura».

El experto subraya que no existen pruebas de que el implante sea capaz de adaptarse al crecimiento del paciente a largo plazo. Según Ilic, el aumento de peso de los animales no debe confundirse con el crecimiento del injerto, que se implanta con una longitud fija: «La fibrosis persistente, la formación de estenosis y la necesidad de intervenciones repetidas indican que el constructo se comporta como un armazón de remodelación más que como un tejido de crecimiento dinámico. Demostrar un crecimiento real requeriría estudios a largo plazo con mediciones directas de la expansión del injerto. Hasta entonces, las afirmaciones sobre su idoneidad para pacientes pediátricos en crecimiento siguen sin estar fundamentadas», asegura.

El equipo está perfeccionando el proceso para generar injertos más largos, estandarizar la fabricación, reducir los pasos manuales y realizar pruebas de seguridad adicionales. Los estudios posteriores se centrarán en el seguimiento de las células en el tejido, la optimización del flujo sanguíneo y la preparación de la terapia para los primeros ensayos en humanos. El grupo de investigación espera poder ofrecer este tratamiento como ensayo clínico en los próximos cinco años.