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Muere a los 93 años Antonio Tejero el día en el que se conocieron los documentos del 23F

B. Abelairas / C. Peralta REDACCIÓN / LA VOZ

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Antonio Tejero Molina, con su mujer en una imagen de archivo
Antonio Tejero Molina, con su mujer en una imagen de archivo

Los primeros años de los 15 de condena que cumplió los pasó en el castillo de la Palma en Mugardos, donde cada tarde recibía visitas de simpatizantes y amigos

26 feb 2026 . Actualizado a las 11:07 h.

La muerte de Antonio Tejero se produjo casi al final de la frenética jornada en la que se conocían cientos de detalles de los documentos desclasificados del 23F. Justo cuando muchas personas leían las declaraciones de su mujer («Me lo han dejado tirado como una colilla», recogidas en estos legajos) y recordaban su sonora entrada, armado, en el Congreso. Antonio Tejero Molina, el teniente coronel expulsado de la Guardia Civil por su papel en la intentona fallida de golpe de Estado perpetrada el 23 de febrero de 1981, tenía 93 años y estaba retirado en la localidad de Torre del Mar, en plena Costa del Sol.

Nunca renegó de sus ideas. Su última aparición pública fue en octubre del 2019 en el cementerio de Mingorrubio, porque acudió a la exhumación de Franco. En el 2006 publicó una carta al director del Melilla Hoy asegurando que el Estatuto catalán «mataría» a España; en el 2012 denunció al entonces presidente de Cataluña, Artur Mas, por «conspiración y proposición para la sedición»; y en el 2023 denunció al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, por «traición a España». Tejero cumplió quince años y medio de cárcel: los primeros en el castillo de la Palma, en el municipio de Mugardos y ante un paraje precioso en la entrada a la ría de Ferrol.

Un mes después del golpe de Estado estaba tan bien instalado que hasta recibió a un periodista de La Voz y le habló de la satisfacción que le daba que cientos de personas se acercasen a visitarle. La entrevista se realizó el 7 de abril de 1981 en una sala de visitas en la que el teniente coronel se encontraba con simpatizantes a los que incluso firmaba autógrafos y libros. Esa mismo mes su familia pasó la Semana Santa en una casa de Fene, para acompañarle. Cualquiera podía acceder a las estancias en las que cumplía condena, solo tenía que dar el DNI a la guardia militar que custodiaba la prisión y esperar a que este preso tan particular aceptase. Tejero contaba a La Voz que hacía mucho ejercicio físico por los pasillos de la fortaleza; aunque se acostaba tarde, porque leía o escuchaba música, a las ocho y media de la mañana ya estaba en pie. Sin embargo, tras una semana en La Palma su abogado explicaba a la prensa que sufría por la «humedad y el reuma». Diez años después del golpe solicitó un régimen de semilibertad que comenzó a disfrutar en 1993. Tres años más tarde ya no tuvo que ir a dormir a la prisión de Alcalá de Henares y consiguió la libertad condicional, porque las actividades en prisión le redujeron la pena en cinco años. Cuando en 1996 recuperó la libertad su hijo Ramón contó, también a La Voz, que estaba feliz y cuando le preguntaron si estaba arrepentido del golpe, replicó: «Pero ¿de qué se tiene que arrepentir? Mi padre es un hombre que en un momento determinado de la historia de España creyó oportuno hacer una determinada acción, y no tiene por qué retractarse. Mi padre no tiene obligación ni compromiso de hacer un juramento de la Constitución».

Antonio Tejero, en su última aparición pública, en el entierro de Franco en Madrid, tras su exhumación del Valle de los Caídos
Antonio Tejero, en su última aparición pública, en el entierro de Franco en Madrid, tras su exhumación del Valle de los Caídos David Fernández | EFE

El rostro del fracaso de la España que no volvió

El día era ya de por sí histórico, pero lo sería muchísimo más. El diputado socialista Manuel Núñez Encabo se disponía a votar que no a la investidura de Calvo Sotelo, cuando Antonio Tejero (Alhaurín el Grande, Málaga, 1932, Alzira, Valencia, 2026) irrumpió en el hemiciclo del Congreso. Eran las seis y veintitrés minutos de la tarde del 21 de febrero de 1981. «¡Quieto todo el mundo!», gritó el teniente coronel, que accedió a la Cámara Baja con más de 200 guardias civiles y disparó su pistola al techo del Congreso. España entera contenía el aliento. Comenzaban 18 horas agónicas y decisivas para la joven democracia española.

Un grupo de militares y guardias civiles tomaba las instalaciones de RTVE. El capitán general Jaime Milans de Bosch declaró el estado de excepción y sacó los tanques en Valencia. El mensaje televisado del rey, llamando al orden constitucional, fue decisivo. Poco antes, El general Alfonso Armada había entrado al Congreso para ser nombrado jefe de un Gobierno de concentración nacional, pero Tejero apostaba por una junta militar.

Al día siguiente, se entregó. «Me van a caer treinta años y, si estuviéramos en tiempos de Franco, me fusilarían», le dijo a su letrado. Esa fue efectivamente su condena, aunque salió de la cárcel mucho antes, en 1996.

Tejero vivía con orgullo formar parte de la primera promoción de la Guardia Civil. Su primer mando como capitán fue en A Cañiza. Tras pasar por varios destinos, en 1974, con 41 años, alcanzó el rango con el que asaltaría el Congreso: teniente coronel.

La operación Galaxia

Al golpista siempre se le recordará por el 23F, pero también fue partícipe de otra intentona fallida anterior: la operación Galaxia. Destinado en su Málaga natal, tras pasar varios años en el País Vasco, trató de urdir un plan con otros altos mandos —entre ellos el capitán de la Policía Armada, Ricardo Sáenz de Ynestrillas— para asaltar el palacio de la Moncloa. Tejero fue descubierto y pasó siete meses en prisión. No era su primera vez entre rejas, ni sería la última. Se estrenó poco antes, al ordenar a los agentes que detuvieran una manifestación política autorizada.

Tejero apenas ha tenido visibilidad pública desde que salió de la cárcel. Desde el penal de Ferrol lideró un partido, Solidaridad Española, que apenas contó con apoyo en las elecciones. En 1993, la Sala de lo Militar del Supremo se mostró favorable a indultar al golpista. Lo estimaba en pos de la «conveniencia pública». Pero el Gobierno de Felipe González rechazó esta opción, al considerar que Tejero no dio todas las muestras necesarias de estar dispuesto a cumplir la Constitución.