El susurro de la paz

Miguel-Anxo Murado
Miguel-Anxo Murado EL MUNDO ENTRE LÍNEAS

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Marco Rubio susurra algo al oído de Trump después de pasarle una nota manuscrita que contenía diecisiete palabras.
Marco Rubio susurra algo al oído de Trump después de pasarle una nota manuscrita que contenía diecisiete palabras. FRANCIS CHUNG / POOL | EFE

10 oct 2025 . Actualizado a las 09:52 h.

Al final, la paz llegó en forma de susurro. Donald Trump estaba respondiendo a preguntas de los periodistas sobre otro asunto cuando el secretario de Estado, Marco Rubio, entró en la sala y le susurró algo al oído después de pasarle una nota manuscrita que contenía diecisiete palabras. Ninguna de ellas era «paz», pero de eso se trataba. Era la señal de que, en aquel momento, en la localidad turística egipcia de Sharm el Sheij las partes acababan de llegar a un acuerdo para poner fin a la guerra de Gaza. Pronto las familias de los rehenes lo estaban celebrando en Israel con abrazos y sollozos de felicidad, mientras que en la Franja de Gaza se escuchaban disparos celebratorios como los de las bodas. Si nada se tuerce, pronto habrá terminado la tortura de los últimos rehenes capturados por Hamás, entre los que ha habido desde bebés hasta ancianas. Y, si todo va bien, los gazatíes empezarán a ver el final de su pesadilla de dos años de bombardeos, marchas forzadas, miedo y hambre.

Más allá de esta satisfacción en lo humano, el acuerdo tiene enormes consecuencias políticas. La más evidente es el eclipse de Hamás. Su apuesta por provocar un conflicto a gran escala que acabase uniendo contra Israel a todos los aliados de Irán (Hezbolá, hutíes, chiíes iraquíes) ha resultado desastrosa para todos ellos, y mucho más aún para la población gazatí. Los palestinos difícilmente perdonarán un error de cálculo de consecuencias tan devastadoras. Con la desaparición de Hamás de la escena se abre la posibilidad de una reunificación de la causa palestina, pero el desprestigio de la Autoridad Palestina en Cisjordania puede complicarlo y dejar a Gaza de nuevo en un limbo, aunque ahora bajo una administración tecnocrática. En Irak y Afganistán, este tipo de gestión por parte de terceros no resultó demasiado bien, pero no hay que suponer que no funcionará en Gaza, donde la situación es tan terrible que cualquier alternativa puede ser una mejora.

En términos puramente militares, Israel sale del conflicto como vencedor (a medias en Gaza y más claramente frente a Irán y Hezbolá). Pero ha sido a un precio político y diplomático enorme. Posiblemente, la paz enfriará las protestas internacionales, que habían ganado mucha fuerza, y dejará en el cajón buena parte de los boicots y causas penales. Pero Israel ha antagonizado irreversiblemente a grandes mayorías de la opinión pública de todos los países, lo que a la larga le acabará pasando factura. Internamente la guerra ha llevado casi al límite la cohesión del país, y esas grietas que han surgido podrían agrandarse en función de cómo reaccionen ante la paz los colonos y los partidos extremistas.

Solo los mediadores tienen el privilegio de poder disfrutar de este acuerdo sin remordimientos. No sería justo discutir el mérito de Donald Trump en una negociación tan difícil. Acertó dejando a un lado las treguas temporales para ir en busca de un acuerdo definitivo. Supo presionar a Benjamin Netanyahu, a quien hizo ver que la alianza de Estados Unidos con Catar es más importante de lo que él se imaginaba. Y ahí está, sin duda, un ganador claro en este acuerdo: el pequeño emirato del Golfo, que vuelve a proyectarse como un especialista en mediaciones delicadas. Como sucedió con la negociación del fin de la ocupación de Afganistán, cuando primero dio cobijo a la cúpula talibán para luego presionarla, esta vez Catar ha hecho pagar a Hamás el precio de su hospitalidad obligándoles a aceptar el acuerdo. Es una técnica que encaja bien con la visión de la diplomacia de Trump. Tanto es así que Netanyahu, alarmado por el ascendiente de Catar en la Casa Blanca, intentó desbaratarlo todo con un atentado en Doha contra la cúpula de Hamás. Pero le salió mal. Trump le obligó a humillarse ante el primer ministro catarí e incrementó la presión sobre las dos partes. Es así, torciendo brazos, como se ha alcanzado esta paz que llega de momento como un susurro pero que puede poner fin a dos años de destrucción y sufrimiento.