La condena a Jair Bolsonaro por intento de golpe de Estado no ha resultado ninguna sorpresa en Brasil, ni para la mayoría que no tiene dudas de su culpabilidad ni para la minoría que lo considera víctima de un juicio político. En distinto grado, unos y otros tienen su parte de razón. Las pruebas contra Bolsonaro son abrumadoras, pero también es difícil imaginar que el Tribunal Supremo se haya podido sustraer a la atmósfera política del juicio, sobre todo considerando que varios de los magistrados que han emitido sentencia estaban en la lista de objetivos a abatir por los golpistas. Lo positivo es que las instituciones han salido indemnes, y quizá fortalecidas, de una prueba tan complicada. Lo negativo es que los dos últimos presidentes de Brasil, Bolsonaro y Lula da Silva, se vayan turnando sucesivamente a la hora de ocupar la presidencia y una celda en la cárcel.
Con el tiempo, Lula da Silva logró que el Tribunal Supremo revocase su condena por corrupción y le permitiese volver a presentarse a las elecciones. ¿Podría suceder lo mismo con Bolsonaro? En principio, es mucho más difícil. Una condena por intento de golpe de Estado no es equivalente a otra por corrupción. De hecho, el Tribunal Supremo brasileño ya anuló en su día un perdón al político de derecha Daniel Silveira, que había sido condenado precisamente por incitación al golpe de Estado. El alto tribunal alegó entonces que la Constitución no permite amnistiar delitos contra el sistema democrático, y este es el mismo tribunal que acaba de juzgar a Bolsonaro. A pesar de eso, los incondicionales del expresidente, encabezados por su propio hijo Eduardo, maniobran desde hace tiempo para lograr la amnistía. Conscientes de los obstáculos, de momento se están centrando en conseguir el perdón para los que participaron en el asalto a edificios oficiales el 8 de enero del 2023, un asunto que, aunque extremadamente grave, no lo es tanto como el intento de golpe de Estado en sí. Los números en el Parlamento, de momento, no parece que permitan votar una amnistía, aunque la política parlamentaria brasileña es muy pactista y fragmentaria, por lo que no habría que excluirlo del todo.
La situación podría cambiar cuando se renueve la Cámara a finales del año que viene. Las encuestas muestran un lento ascenso de la derecha, que podría alcanzar una mayoría suficiente. Más difícil lo tienen para ganar la presidencia. Aunque Lula da Silva se ve lastrado desde hace tiempo por valoraciones muy bajas entre el electorado, los sondeos le siguen dando una cierta ventaja con respecto a un candidato de la derecha. Pero lo cierto es que todavía falta mucho para las elecciones y aún no se sabe quién será ese candidato que ocupará el lugar de Bolsonaro, ya sea en su partido o en otros del mismo ámbito. En ese sentido, su rápida condena ha venido bien a los que ambicionan la candidatura, entre los que destacan el gobernador de São Paulo, Tarcísio de Freitas, y el de Minas Gerais, Romeu Zema. Si Lula se vuelve a presentar y estos candidatos de la derecha enarbolan la bandera del bolsonarismo, es de temer que Brasil no pueda dejar atrás tan fácilmente estos años turbulentos.
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