Europa habla como Churchill, pero ha actuado como Chamberlain

Miguel-Anxo Murado
Miguel-Anxo Murado EL MUNDO ENTRE LÍNEAS

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Macron recibe a Scholz en el Elíseo.
Macron recibe a Scholz en el Elíseo. TERESA SUAREZ | EFE

18 feb 2025 . Actualizado a las 11:55 h.

Para ser Churchill no basta hacer discursos heroicos, hay que también tomar decisiones heroicas. Por eso la retórica churchiliana de los líderes europeos no puede tomarse demasiado en serio. Es verdad que todo parece indicar que Estados Unidos se dispone a acordar con Putin una paz injusta en Ucrania; y lo que es peor, una paz peligrosa. Pero centrarse en la falta de escrúpulos de Donald Trump es demasiado fácil. Rusia invadió Ucrania hace ya once años, cuando en el 2014 se hizo con el control de Crimea y el Dombás. La respuesta de Europa a aquello fue exactamente la misma que Trump ahora: imponer a Kiev los acuerdos de Minsk, que le obligaban en la práctica a renunciar al territorio perdido. Europa lo hizo por la misma razón que Trump: porque quería calma y seguir haciendo negocios con Rusia. Era entonces Estados Unidos quien proponía que Ucrania entrase en la OTAN y Europa la que se oponía. Cuando finalmente Rusia se decidió a invadir el resto de Ucrania en el 2022, Bruselas tampoco hizo nada distinto a Washington. ¿Hay que recordar que algunos países que ahora se escandalizan por el abandono de Ucrania, como Alemania y España, se resistían siquiera a mandar armas?

Dicho crudamente, en esta guerra, Estados Unidos y Europa han obtenido lo que han pagado: su ayuda militar (y el sacrificio inmenso de los ucranianos) ha sido suficiente para frenar el avance ruso, pero nada más. Si de lo que se trataba era de restablecer la integridad territorial de Ucrania, como declama ahora, por ejemplo, el ministro Albares, la decisión tendría que haber sido la intervención militar directa de la OTAN. Se entiende que ningún líder europeo se atreviese a proponer algo de consecuencias tan terribles e impredecibles, y seguramente la sociedad europea no lo hubiese aceptado, pero entonces hay que ajustar el discurso a lo que se ha hecho y a lo que no se ha hecho.

El problema de una participación europea o no en las negociaciones de Ucrania, de todos modos, va más allá de una cuestión de orgullo herido. Ahora mismo hay dos «Europas» y ninguna está en sincronía. La UE es una potencia «herbívora», una unión económica sin estructura militar, con una fuerte dependencia energética de Rusia y que incluye países con Gobiernos más o menos abiertamente pro-rusos (Hungría, Eslovaquia) o que se apoyan en partidos más hostiles a la OTAN que a Putin (España). En cuanto a la propia OTAN, se creó para hacer frente a un enemigo común, la URSS, pero ahora también alberga países con intereses divergentes, y esto incluye nada menos que al núcleo fundamental de la Alianza, Estados Unidos. Europa tendría que negociar consigo misma antes de poder negociar con Rusia, y no está claro qué negociación sería la más difícil. Ya se vio en el envío de ayuda militar a Ucrania, transformado en una especie de cuestación voluntaria. Y ese será, probablemente, el papel europeo en este proceso; el que le ha asignado Washington: proporcionar, en función del grado de interés de cada país, las fuerzas de paz que, en la práctica, servirán para garantizar las cesiones territoriales que todos nos tememos que se le van a imponer a Ucrania.